Julio se pasea por el Pont des Arts
Fernando Gaspar

 

 

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"Nunca me olvidaré que cuando vine a París en el año '51 me ganaba la vida como speaker de las 'Actualités Françaises', en español se entiende, hasta que un día llegó una carta del concesionario de México diciendo que si no dejaban inmediatamente en la calle a ese speaker ellos se borraban de las Actualidades, con lo cual perdí mi primera y bastante necesaria fuente de recursos de ese momento…"
Julio Cortázar

 

Era una tarde parisina cualquiera. Al menos era una tarde parecida a tantas otras que ocurren en una novela cuyo título estaba predestinado a no ser Mandala, aunque eso no afectara a París, ni a Buenos Aires, ni al Club de la Serpiente en lo más mínimo. En esa tarde lluviosa, en un lejano capítulo 22 de Rayuela, un hombre es golpeado por un automóvil. Ese hombre, curiosamente, es un escritor. Los motivos de un acontecimiento tan común nos son desconocidos, pero puede añadirse que uno de los espectadores es ambiguamente latinoamericano, un tal Oliveira. Del accidentado sabemos únicamente que estaba perplejo luego de su encuentro con el parachoques y que en su departamento no tenía nada más que libros y un gato. En el momento de los hechos, otro de los testigos se atrevió a señalar enfáticamente: "esto le tenía que pasar, los escritores son distraídos", al mismo tiempo que hacía un gesto de profundo desinterés… tenemos la leve sospecha que dicho testigo era francés.

Oliveira, que gustaba de participar de los eventos más cotidianos y absurdos del París de su tiempo, se aseguró que al viejo no le había pasado nada, agregó unas cuantas frases desarticuladas y se fue andando con rumbo desconocido. Tal vez el accidente, la mirada del viejo escritor, el frío y la caída de la tarde, lo incitaron a pensar en sí mismo, en la entrega al otro; a fin de cuentas, en la inquietante pregunta sobre la "posesión" de uno mismo. Todo esto aunado a una duda ontológica que nos parece inaccesible, planteada desde un lugar que podríamos definir como suyo (algo así como la relación entre el mundo de una novela y su personaje principal): ¿cómo acceder a lo otro, al otro, a la verdadera otredad? Oliveira pensó en esa otra mano, una mano "desde el afuera, desde lo otro" que diera respuesta a la mano tendida (seguramente la suya) esperando algo.

Al capítulo 22, como casi todos sabemos, no le sigue el capítulo 23 sino el 62. Ese tipo de cosas, en apariencia anormales, ocurren en este libro cuyo título tampoco fue Almanaque (siendo que, desde un punto de vista estrictamente técnico, le faltó muy poco para serlo). Algo pasaba con ese capítulo 62, tenía un delirio de grandeza fantásticamente desarrollado, a tal punto, que sus pretensiones desorbitadas lo llevaron a convertirse en libro con el paso de los años. También, el susodicho capítulo tenía una cierta inclinación científica. Inclinación, dicho sea de paso, bastante amateur y por lo mismo sustentada en andamios muy frágiles, epistemológicamente hablando. Lo que no puede negársele al capítulo 62 es su premonición a la tendencia cientificista de la literatura décadas después, algo que en la época no era muy bien visto y en nuestros días no sólo es lo contrario sino hasta guarda ciertos tintes de originalidad poco claros. En definitiva, el capítulo 62 reproduce unas cuantas notas dispersas de un proyecto de libro de Morelli. El libro verá la luz (así dicen quienes quieren decir lo mismo que otros dicen de una manera más clara pero menos sugerente) en 1968 bajo la firma de un tal Julio Cortázar, con el título 62. Modelo para armar. En esa obra, a mi juicio, se cumplen una serie de proyecciones e ideas apenas delineadas en Rayuela.

La ciudad de Cortázar, la ciudad de sus novelas, se parece a ese lugar pensado por los "tártaros" de 62. Ese espacio único en la construcción de la ficción sería algo similar a lo que tenían en mente los personajes de la novela: "…todos nosotros estábamos de acuerdo en que cualquier lugar o cualquier cosa podían vincularse con la ciudad, y así a Juan no le parecía imposible que de alguna manera lo que acababa de ocurrirle fuese materia de la ciudad, una de sus irrupciones o sus galerías de acceso abriéndose esa noche en París como hubiera podido abrirse en cualquiera de las ciudades adonde lo llevaba su profesión de intérprete. Por la ciudad habíamos andado todos, siempre sin quererlo, y de regreso hablábamos de ella, comparábamos calles y playas a la hora del Cluny. La ciudad podía darse en París, podía dársele a Tell o a Calac en una cervecería de Oslo, a alguno de nosotros le había ocurrido pasar de la ciudad a una cama en Barcelona, a menos que fuera lo contrario. La ciudad no se explicaba, era". Sería mejor ser más explícitos: podríamos señalar de manera engañosa que París es un "protagonista" o un lugar privilegiado de Rayuela, 62 y de una multitud de cuentos y artículos de Cortázar, hasta llegar a ser el punto de partida de la peculiar travesía de Los autonautas de la cosmopista. Pero es mejor no dejarse engañar. O al menos habría que dejarse engañar sin pretender no serlo. Las obras de Cortázar no nos hablan de París, al menos de ese lugar tan conocido por las guías turísticas o los mapas geográficos, sino de otro París.

En ese París, el de Cortázar, viven el caracol Osvaldo y Tell, también están Calac, Polanco y Hélène con esa muñeca dispuesta a convertirse en el asunto del meollo de 62. En ese París se pasea la Maga dispuesta, sin saberlo ni preguntárselo, a encontrarse a Oliveira quien viene de discutir un poco de metafísica y de jazz con Ronald y Etienne. Es un París de tiempo perpetuo, de charlas interesantes, sin límites, sin los sutiles cortapizas de la normalidad.

Por eso, cuando Cortázar se daba cuenta que un París comenzaba a parecerse demasiado al otro, tomaba el tren a Buenos Aires para visitar a la Talita o a Traveler o simplemente expurgaba esas páginas de la versión definitiva. Así se explica que un texto tan evidente y revelador como el siguiente no dio el gran salto del "Cuaderno de Bitácora" de Rayuela a las páginas definitivas de la novela: "París era en esos días continuamente envés, revés, reverso, trasfondo, traspaso. Todas las palabras con trans, y todos los sentidos del encuentro. […] Inútil mirar estampas, trabajarse, excitarse; la cosa venía naturalmente como las ganas de mear o de irse a dormir."

Ese era el otro París, el de 1950, año del primer viaje de Cortázar a Francia donde inician una cadena inimaginable de coincidencias. Ese año, poco antes de la llegada, conoce en el barco a la mujer que en Rayuela representa la Maga. Su nombre es Edith, era alemana de padres judíos. La coincidencia propicia un intercambio de miradas, un cúmulo de suposiciones y tal vez un primer intento de ensoñación. Cortázar regresa en 1951 a vivir a París, esa misma ciudad donde, sin preveerlo, se encuentra con Edith en una librería del boulevard Saint-Germain. La conversación no entra en mayores detalles y antecede a una despedida sin previsiones ni compromisos. Pero la telaraña de casualidades y juegos del azar recién comenzaba: tiempo después, producto de la suerte, Edith y Julio se encuentran en la fila para entrar a un cine. La película es La pasión de Juana de Arco de Carl Dreyer. No debe asombrarnos, si tomamos en consideración los dictados del mundo cortazariano, que en el reparto de la película se encuentra un tal Antonin Artaud. A la salida, Julio y Edith charlan un poco y se despiden una vez más. Cuenta la leyenda que no pasaron muchos días para que volvieran a coincidir en el Jardín de Luxemburgo, donde iniciaron una larga charla contándose sus vidas. No se conocen los detalles de la conversación de ese día aunque se presume que acordaron no darse cita sino encontrarse cuando el azar los volviera a reunir. Al menos así lo hicieron, en el otro París, Oliveira y la Maga.

Es extraño porque ese otro París, el de Juan y Hélène --los personajes de 62--, se parece un poco al París de Julio y Edith. Algunas de sus calles y ciertos lugares llevan los mismos nombres: St. Germain, la Place Maubert, Bastille, République, la estación de metro Malesherbes, entre muchos otros. Este tipo de coincidencias nos pueden llevar al error, porque no es de sabios asegurar que si algún incrédulo se detiene en la esquina de Vaugirard con M. le Prince, por más esfuerzos y acopios de paciencia que pueda hacer, no verá jamás a ninguno de "los tártaros" ni a ningún miembro del Club de la Serpiente.

Tampoco debemos dejar pasar ese último viaje de "los tártaros". No falta ninguno, están Calac, Nicole, Hélène, Polanco, Juan, Tell, Austin, Silvia, el caracol Osvaldo, mi paredro y Feuille Morte. No hay nadie más en el vagón y el viaje les pertenece. Faltan unas páginas para el fin de la novela y el grupo va en dirección de París. ¿Qué París? No estamos seguros. Tal vez por fin Cortázar se acerca al París de Julio y Edith, tal vez "los tártaros" podrán acercarse a ese año '68 en el cual aparece publicada la novela. ¿Qué están haciendo? Austin intenta encelar a Hélène abrazando a Celia, objetivo fallido -dicho sea de paso-- porque Hélène piensa en cuestiones mucho más trascendentes como qué hacer con la muñeca y qué será de ella con Juan; Juan le pide disculpas a Tell acariciando su cabello y admite haberse acostado con otra; Feuille Morte declama bisbis y Nicole se recupera de un malestar ciertamente ambiguo. Repentinamente, en el transcurso del trayecto a París, "los tártaros" son obligados a bajar por un controlador de billetes quien no tolera la presencia de Osvaldo en el tren y mucho menos que compita por recorrer unos cuantos centímetros en uno de los asientos del vagón, antes de entrar a la Gare de Montparnasse. El viaje se suspende. En unas cuantas líneas más la novela termina. En el colmo de la desesperación una parte del grupo llama por teléfono a Marrast para que los alcance, el descontrol cunde.

A esta confusa historia deberíamos añadir lo que dicen quienes han podido ver el manuscrito de Rayuela (ubicado en la Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin). Esos afortunados e ilustres filólogos afirman que en la última versión de Cortázar, anterior a la publicación del libro, no aparecía el capitulo 62 y que dicho capítulo se insertó sólo hasta la versión final que se fue a la prensa. Esta feliz intromisión nos produce ligeras sospechas, al menos de una manera soterrada, y nos hace pensar que algo fuera de lo común ocurrió con la publicación de Rayuela.

Al menos nosotros sabemos que a la novela 62. Modelo para armar le sigue el capítulo 23 de Rayuela. Así aparece en el "Tablero de dirección" de esta última que establece la lectura de la siguiente manera: "… 20-126-21-79-22-62-23-124…".

 

Oliveira de visita en las calles de Rayuela

"De ningún modo admito que esto pueda llamarse una novela"
Anotación de la página 44
de la Bitácora de Rayuela.

Oliveira ha caminado un buen tiempo bajo la lluvia parisina. Sigue pensando en la suerte del viejo escritor y lo imagina rodeado de visitas amistosas en el hospital. Luego de haber recorrido algunas líneas del capítulo 23 de Rayuela decide refugiarse de la lluvia en alguna parte. Se detiene frente a un cartel que anuncia un concierto de piano. Va a la sala de conciertos y compra un boleto. La idea de evitar un resfrío escuchando música le parece divertida, al igual que el nombre de la pianista: Berthe Trépat. Con parsimonia ingresa a la sala y se da cuenta que los asistentes recién superan la veintena. Se encoje de hombros. Luego de algunos desatinos y la ejecución errática de Trépat, el público va optando paulatinamente por la lluvia. Al final del concierto, Oliveira es el único espectador que queda y cree conveniente subirse al escenario para gratificar a la extraña ejecutante. A ambos les cuesta salir del asombro ante la peculiar situación y él decide invitarla a tomar algo. Pero no son necesarias muchas cuadras para arrepentirse, Trépat está completamente loca y es imposible mantener una conversación medianamente coherente con ella. Oliveira duda si escapar corriendo en la esquina que sigue pero ella se agarra de su brazo, al final llegan al edificio de la pianista quien en un ataque de pánico, luego de haber insistido durante todo el trayecto en que Oliveira la acompañe a su casa, comienza a gritarle que ha descubierto las intenciones perversas del argentino. Oliveira intenta tranquilizarla pero las cosas empeoran cada vez más así que huye despavorido escaleras abajo. Ya en la calle, algunas cuadras más tarde, sacude la cabeza y piensa en el día desastroso que está por terminar. Busca un hotel donde dormir, trata de encender un cigarro cuando "empezaron a fallarle los fósforos uno tras otro. Era para reírse."

París estaba poblada de rompecabezas y laberintos, de personajes insólitos e historias inconexas. Ese París de Rayuela podría parecer el mismo de Cortázar, o sería cómo aquel del capítulo del manuscrito que no llegó a editarse: "Gente como Ronaldo y yo nos vamos dando cuenta que París no ha sido un encuentro sino la encrucijada sin la esfinge y sin el enigma. Esto es peor que el camino de Tebas, somos nuestra propia esfinge, hay que plantearse el enigma para resolverlo después." ¿En quién pensamos, en Oliveira o Cortázar? En el encuentro de esa encrucijada, entre la ciudad que habita el escritor argentino y aquella de sus novelas, aparece un lugar particular cuyas calles y edificios se construyen a partir de la ficción y la realidad, del deseo y el pasado, la provocación y la certeza.

Tal vez habría que alimentar aún más el juego de imágenes, de ciudades y de espejismos: Sabemos que Julio Cortázar nació en Bruselas el año en que dio inicio la Primera Guerra Mundial. Su lengua materna era el francés y dicha casualidad le produjo algunos problemas para pronunciar el español, dificultad que tuvo consecuencias en su devenir laboral. El primer ensayo que publicó en 1941 en la revista argentina Huella se titulaba lacónicamente "Rimbaud". Luego de obtener el título de Profesor ejerció la profesión en el interior de la Argentina hasta convencerse que siempre había estado en las ciudades equivocadas. En 1951 se mudó a París del cual alguna vez dijo: "París fue un poco mi Camino de Damasco, la gran sacudida existencial". Argentina y París, Buenos Aires y Francia. Alguna vez estableció una comparación que le gusta repetir a Mario Goloboff, uno de sus biógrafos: "De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad como la imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro. En París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad."

Su segundo empleo parisino fue el de repartidor de libros para un librero judío. Su herramienta de trabajo era una motocicleta tipo Vespa, misma con la que tendría un grave accidente en 1953. Se ignora si este acontecimiento produjo algún cambio sustancial en su persona pero pronto abandonará ese empleo por uno que le consigue su amiga Edith en los almacenes Printemps. Más adelante viajará a Italia, contraerá matrimonio con Aurora Bernárdez y publicará algunos libros que le darán fama y prestigio.

Al final de ese largo viaje que fue su vida, conoció a Carol Dunlop. Será su segunda y última mujer. El encuentro, claro está, no tuvo nada de convencional: A finales de los años 70 da una conferencia en Canadá. Luego del evento asiste a una pequeña cena invitado por uno de los profesores canadienses. Una de las asistentes era la ex mujer del anfitrión, el encuentro con Cortázar fue definitivo en su vida. Ambos quedan profundamente enamorados: es el año de 1978. Pasan los meses y los días sin que ocurra nada entre ellos. Cortázar sigue su vida habitual en la capital francesa. Pero un día, en la víspera de un viaje que lo mantendrá fuera de París por tres meses, recibe una carta de Dunlop explicándole que está en París y que quiere verlo. Luego de pensarlo un poco Cortázar le escribe una carta. Se niega a verla antes de su viaje porque le incomoda la idea de un reencuentro fugaz que anteceda una nueva etapa de alejamiento. Deja la carta en un buzón de París a las cuatro de la tarde y se pone a caminar por el barrio latino, tiene una cita en el Marais en la noche con un amigo para ir al teatro, cuando repentinamente, en una "esquina obscura" se encuentra con Carol. Cortázar gustaba de fantasear con la minúscula posibilidad de encontrarse casualmente con alguien en una ciudad de 9 millones de habitantes. Más aún con la persona que amas y no has visto en mucho tiempo. La misma a la que le has enviado una carta negándote a verla. Luego de ese encuentro, la pareja no se separará hasta la muerte de ella el 2 de noviembre de 1982. Carol era treinta y dos años más joven que Cortázar, nació en 1946.

A Cortázar, como a casi todo el mundo, le resultaba difícil entender que Carol hubiese muerto antes que él. Las fechas no mentían: ella tenía 36 años, él 68. Su vida se fue apagando pausadamente, conforme fueron pasando los días. Quedaban muy lejos los años de Banfiel, en la niñez, la lectura de los Ensayos de Montaigne a los 12 años, la primera lectura de Opio de Cocteau en la adolescencia, obra que según sus propias palabras cambiará su vida. Las peleas de box, las clases de Literatura Inglesa en Mendoza, aquella reseña festejando la aparición del Adán Buenosayres, la llegada a Francia, la traducción de los cuentos completos de Edgar Allan Poe, la militancia política, Cuba, Nicaragua. Quince meses después de la muerte de Carol, pasado el medio día según cuenta Goloboff, Cortázar fallece en el hospital St. Lazare en París. Los que lo acompañaban, su primera esposa y el pintor Luis Tomasillo, juran que su doctor se apellidaba Modigliani. Pese a los indicios de que sus restos se encuentran en el cementerio de Montparnasse, todavía la gente se pregunta ¿dónde se encuentra Cortázar? Hay quienes dicen haberlo visto sobresalir entre la gente que viajaba de pie en un vagón de un metro parisino, o incentivando a un caracol al fondo de un bar cerca del Jardín de Luxemburgo, incluso algunos creen haberlo visto en ese otro París, la ciudad aquella de sus novelas. Nosotros preferimos ser más cautelosos, tal vez sea tiempo de aguardar la última de sus genialidades.