Gangsters contra geishas: narraciones a la mexicana
Ishtar Cardona

 

 

En 1919, el panorama político mexicano era tan terso como el lomo de un jabalí y sus actores tan sutiles como el filo romo de un machete. La Revolución gestada diez años atrás deshacía sus trenzas y esgrimía lo que le restaba de inocencia asumiendo el papel de la Lolita pervertidona que siempre fue, aun si sus seguidores más adelantados ya le preparaban el traje de dama respetable con el que se cubriría hasta su muerte...

Un presidente salía dejando tras de sí una Constitución política para el país, y muchos chistes sobre la corrupción de su gobierno para el pueblo. Las patadas por debajo de la mesa se sucedían con miras a la elección presidencial del año siguiente y la población observaba como en ese clima de vacío institucional la criminalidad crecía. Un elemento que nos permite recordar que hablamos del año de 1919 es el fusilamiento como método legal y todavía no mal visto de resolución a corto plazo de los problemas políticos y sociales. Y para aquellos distraidos mexicanos que todavía no hubiesen presenciado un fusilamiento después de tantos años de función continua, en diciembre de ese mismo año se estrenó el primer ejercicio de cinéma verité de la historia de México: La Banda del Automovil Gris recogía sucesos ocurridos hacía cuatro años, cuando un grupo de ladrones -haciéndose pasar por militares y aprovechando el desorden social generalizado- asaltaba residencias de gente adinerada. El autor de la cinta, Enrique Rosas, había filmado el fusilamiento real de los integrantes de la banda y utilizó esas imágenes dándole a su trabajo la tensión dramática que confiere lo que "de veras ocurrió".

Al narrar asuntos cercanos a él en tiempo y espacio, Rosas se convierte en re-creador de su realidad, el primero de la cinematografía nacional, y por lo tanto en potencial espejo reflejante de nuestros paralelos históricos, de las dinámicas repetidas por las que suele transitar nuestro país. La mirada de Rosas, ocupando toda la gama de variaciones que tiene el gris entre el blanco y el negro, encuentra su rebote en la mirada de Claudio Valdés Kuri, quien recoge el juego cromático y lo traslada a la escena teatral, le otorga nuevos volúmenes, lo viste de geisha y lo manda a encontrar un nuevo sentido a través de la narración benshi, a través de la voz que resuena en todo el cuerpo de esos cuenta-películas que el teatro japonés erigiría hasta el nivel de técnicos consumados del arte escénico.

Claudio Valdés hace lo que hacen los buenos creadores teatrales: abrir el múltiple juego de espejos sin que se perciba la irregularidad del ejercicio, sin que haga su entrada la incoherencia por más contradictoria que nos parezca la unión de los elementos utilizados, sin que nos choque -aun si cabe la sorpresa- la narración teatral de un ejercicio fílmico, la presencia de una mujer japonesa narrando un cuadro del anecdotario mexicano, una película muda sonorizada con piano y onomatopeyas, unos actores que hacen juego con el automóvil del título, unos gangsters mexicanos hablando en francés, en español, en alemán..., un episodio de hace un siglo pero que podría ser de ayer por la mañana.

El Automovil Gris circula en sentido contrario y nunca toma vialidades de un solo carril. Sus ocupantes juegan con la desmemoria de nuestra memoria nacional y con la fecundidad de nuestro imaginario cotidiano, nos traen una leyenda que ya no recordamos para hablarnos de realidades con los que convivimos a diario, nos enseñan nuevas rutas por las que se llega, desde el otro lado de la cortina de nopal, a la experiencia universal de hacer conmovedora y eficaz la narración de una historia.