El cuerpo del relato
Nuevas traducciones de Mario Bellatin y Juan Villoro

Martín Solares

 

 

Esta semana, el editor en francés de Augusto Monterroso y Enrique Vila-Matas tradujo a dos de los narradores mexicanos más sobresalientes. Con un solo golpe de suerte, Editions Passage du Nord-Ouest publicó dos flores muy raras: Les jeux sont faites, de Juan Villoro y Flore, de Mario Bellatin. A primera vista, lo único que tienen en común estos narradores, cuyos estilos se encuentran en polos opuestos, es haber obtenido el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia el año de su publicación en español. Sin embargo, las responsables de las traducciones opinan que, si se analiza con atención la forma de estos relatos, bien podrían tener más de un punto en común.

Para Martine Breuer, traductora de Les jeux sont faites, "Lo más característico de la prosa de Villoro es la concisión. Al leerlo por primera vez pensaba en la prosa de Chandler o Carver, por la importancia que tiene cada palabra. Por lo general Villoro usa frases cortas pero a veces rompe con ellas y entonces viene una frase muy larga, que produce un efecto de sorpresa y toma una importancia particular, como ocurre en "La estatua descubierta", donde la frase larga produce un efecto de torbellino y vértigo en el lector, el mismo vértigo que siente el narrador al imaginar el pasado turbio de su esposa. Esta brusca aparición de una frase larga, de estructura tortuosa, en medio de una serie de frases cortas, de estructura más sencilla, es un recurso muy convincente. Además de esas elipsis, Villoro muchas veces construye deliberadamente una zona de sombra, que el lector debe llenar. Es un recurso muy sutil e importante. Por ejemplo, en el cuento que le da nombre al libro, una mujer dice "mandrágora", una palabra que su amante no conoce, y a este la palabra le parece muy bella. El amante no sabe qué es una mandrágora y no quiere saberlo. Esa palabra desconocida se transforma en una palabra mágica para él, una palabra que contiene todas las sensaciones de ese momento sensual, acompañado por el ruido de las avionetas, y la visión de ese veneno rosa que está bajando del cielo, en el momento del amanecer, todo está contenido en una palabra cuyo sentido exacto desconoce, pero no le importa, no quiere saberlo, y por eso el cuento es tan logrado".

A su vez, Chrystelle Frutozo, la traductora de Flores, reconoce que la prosa de Bellatin también es una prosa concentrada, depuradísima. Al traducir Flores, una novela compuesta a partir de relatos breves, el reto más importante para Frutozo fue "conservar el tono y la escritura neutra de Bellatin, pues no se trata de una ficción convencional. Bellatin aspira a una escritura neutra, concisa, que involucre la imaginación del lector. Cada fragmento de Flores es una especie de "cuadro", y tienes que respetar el tono, las palabras claves, y dejar el resto al lector. Parece sencillo, pero fue todo un reto. La prosa de Bellatin es totalmente enigmática. No te puedes apoyar en la psicología del personaje, ni en los lugares comunes de un género convencional, pero pronto descubres que se nos está proponiendo un sistema distinto, de manera que tu imaginación trabaje y complete los espacios en blanco, o los silencios de la narración. La primera vez que leí Flores me di cuenta de que hay muchos silencios en la escritura de Mario: en esta novela el lector tenía que conectar los capítulos entre sí, y sacar conclusiones, a diferencia de una novela convencional. Con frecuencia había silencios cargados de emociones, como ocurre en una canción. Yo no estaba acostumbrada a este tipo de literatura, ni a involucrarme a este grado con la historia, con personajes que viven fuera de las normas, pero el resultado es asombroso. La frialdad con que el autor habla de la muerte, la sexualidad o las malformaciones congénitas, siempre sin moralizar, ni ubicar en un contexto determinado, te corta, sorprende en verdad".

La creación de universos redondos y la capacidad de crear ambientes memorables, lejos del folklor, son otros rasgos en común de los dos narradores. Los cuentos de Villoro, dice Martine Breuer "consiguen crear ambientes extremos con pocas palabras: la frontera con los Estados Unidos, la sierra del norte del país, el calor de Yucatán, galpones en sitios aislados, perdidos en la nada. En "Coyote", que es extraordinario, Villoro construye una evocación increíble del desierto, con gran economía de elementos, pero en general todos los cuentos de Les jeux sont faites ofrecen una visión diferente de México. No es la típica imagen del héroe machista, o el indígena con sombrero inmenso, porque a Villoro le interesan otros temas, entre ellos el destino o la imposibilidad de conocer a los otros, y sobre todo, el humor, la ironía, la ternura hacia los personajes. El protagonista de "El anillo de Cobalto" no juzga a su ex esposa, a pesar de que esta hace cosas raras, como cortarle un dedo a un cadáver. En lugar de juzgar a los personajes, Villoro busca un trozo de humanidad en cada uno, y eso hace de él un narrador original, que se aleja de los clichés".

Al construir sus historias con los mínimos recursos necesarios, Bellatin crea espacios personalísimos, con frecuencia descontextualizados, donde los personajes se reducen a sus líneas más contundentes. Bellatin, dice Chrystelle Frutozo, "crea un universo hermético, destinado a todo tipo de lector, donde se cuentan cosas terribles con mucha naturalidad, como si los errores de la ciencia y las fallas en los medicamentos que provocaron malformaciones congénitas fueran una cosa normal. Al principio sus espacios parecen bastante fríos, y es que siempre son situaciones fuera de las normas, que resultan extrañas pero transmiten muchos sentimientos al lector. No conozco a ningún autor francés que escriba como él".

Las traductoras de Villoro y Bellatin coinciden en que, lejos de repetir las formas tradicionales que puede asumir el cuerpo de un cuento, ambos autores exploran con originalidad otras posibilidades de este género, desde la parodia de las convenciones literarias hasta aprovechar el peso del silencio en una narración. Juan Villoro y Mario Bellatin, de paso por París, donde presentaron sus libros en el Salon du livre 2004, opinan sobre sus relatos.

Bellatin subraya la importancia de la parodia en sus novelas: "Lo que me interesa cuando empiezo a escribir estos libros, supuestamente insertos en tradiciones literarias ajenas a la mía, a la que me correspondería por ser latinoamericano, es preguntarme cuál es el rol del escritor, dónde está el escritor, indagar si este espacio tradicional que uno le ha dado al escritor puede cuestionarse o no. En el caso de El jardín de la señora murakami, por ejemplo, no hay un escritor tradicional, lo que hay es un traductor obsesivo, que quiere traducir hasta la página en blanco, se trata de la sobretraducción de un libro inexistente. Al final del texto ese traductor está tan desconcertado con ese libro, del que a lo mejor no entiende muchas cosas, que las anota e incluso las desarrolla por su cuenta, llevando al extremo la labor del traductor. Este fue el comienzo de una serie de libros donde me hago estas preguntas. En Shiki Nagaoka, una nariz de ficción, juego con la figura de un biógrafo que se cree las cosas más increíbles, y trata de reconstruir la vida del personaje de acuerdo a esos hechos, pero como tiene que ser fiel a su rol de biógrafo, presenta esos hechos como si fueran verdad. Y luego, cambiando de tradición, tengo un libro, Jacobo el mutante, donde un investigador trata de redactar un tratado académico ¡pésimo!, sobre un texto apócrifo de Joseph Roth. En Salón de belleza y Flores también me interesaba que no se instaurase una verdad o intención determinada. Mi interés es la construcción de estos universos y cuestionar desde la escritura una serie de roles preestablecidos, rígidos".

A su vez, Villoro explica la forma de sus relatos: "La novela tiene un atractivo muy grande: es el único género en el que puedes escribir durante mucho tiempo sin saber qué estás escribiendo. Yo vivo de escribir crónicas, ensayos o cosas periodísticas, entonces naturalmente tengo que saber que lo que estoy haciendo debe ser entregado en un plazo, con una claridad aceptable; mientras que en la novela uno mismo se extravía, y puede estar describiendo situaciones secundarias que sirven para llegar a lo principal, pero que al final quedan fuera de la trama definitiva. Eso es un descanso muy grande. En cambio el cuento exige muchísima concentración, una economía de medios donde es muy difícil y riesgoso incluir distracciones a la trama. Por ejemplo, en los cuentos de Rulfo de pronto hay una interrupción. Cuando el protagonista de "Diles que no me maten" está a punto de morir, el autor coloca un espacio en blanco, y después de eso el personaje ya fue ajusticiado. Rulfo nos ahorra la escena de la muerte. A mí me gusta mucho una expresión de los tipógrafos mexicanos para referirse a ese espacio en blanco. Ellos lo llaman "blanco activo", con lo que quieren decir que el blanco también significa. Debemos entender que algo sigue ocurriendo en la narración, aunque no lo leamos, y después sabremos qué fue. En mi caso, El disparo de argón o Le maitre du miroir es una novela en fragmentos donde aparece mucho esta idea del blanco activo, muchas veces relacionada con lo que ocurre fuera de nuestro campo visual, pero que lo afecta, y me parece muy significativo de lo que ocurre en el mundo: nuestra vida continúa en lugares en los que no estamos presentes. Y a la vez, me interesaba que en una novela sobre la mirada hubiese un personaje invisible, que no se explorara sólo lo visible, sino lo invisible. Con esto trato de buscar una verdad que sólo puede dar la literatura, dar una ilusión de vida, construir un mundo paralelo que nos da la impresión de ser verdadero, de que es cierto, y a partir de esa ilusión de vida, encontrar ciertas claves secretas, resonancias, o correspondencias que expliquen la vida real".

Ni Villoro ni Bellatin son desconocidos en Francia. El disparo de Argón, la primera novela de Villoro se publicó en Editions Denöel (Le maitre du miroir, en la traducción de Claude Fell); y Salón de belleza, de Mario Bellatin, fue publicada por Stock como Salon de beauté (en la traducción de André Gabastou). Ambas recogieron espléndidas críticas y Salon de beauté fue finalista del Premio Medicis 2000.

Mario Bellatin: Flore, Editions Passage du Nord-Ouest, France, 2004, traducción de Chrystelle Frutozo; y Salon de beauté, Stock, 2000, traducción de André Gabastou

Juan Villoro: Les jeux sont faites, Editions Passage du Nord-Ouest, France, 2004, traducción de Martine Breuer; y Le maitre du miroir, Editions Denöel, 2001 en la traducción de Claude Fell.