Diario de fatigas
El inventor de la literatura mundial

Christopher Domínguez Michael

 

 

 

 

Version en français

 

Estaba en el destino de Valery Larbaud (Vichy, 1881-1957) pasar a la posteridad como un compañero de viaje de los grandes escritores, sin llamar demasiado la atención, como la primera nota al pie de la página del gusto contemporáneo. A la hora de hacer los balances, las sumas y las restas del siglo XX, pocos repararon en que mucho de lo que amamos, un puñado de lectores en francés, inglés, español, portugués e italiano, fue curado y seleccionado por este poeta, narrador, traductor, crítico y ensayista, quien dispuso para nuestro consumo la noción misma de literatura mundial, anunciada por Goethe pero que sólo tomó carta de naturaleza cuando Larbaud decidió hacerlo.

Hijo único del propietario de las fuentes de Saint-Yorre, el joven Larbaud fue puesto bajo tutela judicial por su madre, quien le impidió, a la mayoría de edad en 1902, heredar la inmensa fortuna familiar. Mamá Larbaud consideraba que su hijo gastaba demasiado dinero en libros y viajes. Millonario a medio sueldo, Larbaud cargará con el estigma de ser un riche amateur, dueño de un gusto literario exquisito pero escasamente dotado del fuelle de los verdaderos escritores. A diferencia de Gide y Proust, niños ricos también, Larbaud decidió unirse a los prejuicios del mundo en vez de luchar contra ellos y se desdobló literariamente en aquello que se imaginaba que él era, creando a Archibald Olson Barnabooth, el millonario seductor, cuyos días y trabajos serán la materia de Poèmes par un riche amateur (1908) y de A.O. Barnabooth, ses Oeuvres complètes, ses Poèsies et son Journal Intime (1913).

En 1911, según las consejas periodísticas, le fue negado el Premio Goncourt para Fermina Marquez, por ser demasiado rico. Ya Ulalume González de León (su traductora al español), Octavio Paz y Enrique Vila-Matas han destacado la belleza, anunciatoria y paródica, de la poesía y de la ficción de Larbaud, autor de libros tan singulares e irrepetibles como Enfantines (1918), Amants, heureux amants (1923) o Jaune bleu blanc (1927).

El inmenso valor de Larbaud no está, pese a todo, en esos libros, acaso asimilables a cierta (y a veces venerable) escuela francesa del tono menor, que cultivaron después que él (y con mayor desparpajo) Giraudoux, Morand o Cocteau. Lo emocionante en Valery Larbaud, cuyo rostro de rasgos gruesos y escasamente relevantes anunciaba al comerciante que debió haber sido y por ventura no fue, está en la decisión espontánea, desprovista de cualquier antecedente en una literatura francesa (como otras) enferma entonces de nacionalismo, de habitar como propias las letras extranjeras. Al estudiar el inglés (y luego el español, el italiano y el portugués hasta dominarlos totalmente) Larbaud encontraba en cada palabra un remedio contra la sordera y la necedad. El afán de Larbaud nada tenía que ver con el exotismo y al pensar la literatura mundial como un conglomerado de dominios lingüisticos, le preocupaba la riqueza y la igualdad de los intercambios.

Al descubrir a Walt Whitman, Larbaud comenzó su historia de amor con las letras americanas y fue en el poeta de Brooklyn donde el escritor francés encontró las claves de la modernidad literaria desde 1909, un poco antes de la aparición de las vanguardias que, vistas desde la perspectiva larbaudiana, parecen un tanto estruendosas y redundantes. De los Estados Unidos saltó a Inglaterra, donde sus caballitos de batalla de fueron Samuel Butler (de quien tradujo buena parte de su obra) y un romántico olvidado, el intratable William Savage Landor (1775-1864). Larbaud establecía relaciones de amor con los autores y las literaturas que elegía, dedicándoles viajes enteros, meses en las bibliotecas y una labor de reconstrucción filológica cuyo objetivo no eran los túmulos académicos sino la creación de un público para cada libro. Fundador de la Nouvelle Revue Française (NRF) e impulsor de sus ediciones desde el primer día, Larbaud perseguía (no siempre con éxito) a Gaston Gallimard con las traducciones y las reseñas, que propias o ajenas, estaban destinadas a hacer la campaña por un autor.

La estrategia de Larbaud, como la llama Béatrice Mousli, su biográfa (Valery Larbaud, Flammarion, 1998), iba más allá del mercado, inclusive del comercio editorial en el más honroso sentido del término: se trataba de colocar una nueva pieza en el mapa de la literatura mundial. En 1919, ángel guardián como era de las librerías hermanas de la rue de Odéon -Shakespeare and Company de Sylvia Beach y la Maison des Amis des Lettres de Adrianne Mounnier-, Larbaud dió la campaña clave de su vida, la edición, primero en inglés, y luego en francés, del Ulysses, de James Joyce. En Ce vice impuni, la lecture. Domaine anglais (1935) pueden seguir las minuciosas batallas dadas por Larbaud por un autor desconocido, una traducción difícil, una biblioteca entera.

Junto a los nombres de Whitman, Butler o Joyce, Larbaud colocará, desde sus primeras lecturas, los de Miguel de Unamuno, Gabriel Miró, Ángel Ganivet y de Ramón Gómez de la Serna, a quien fue a buscar a la Cripta del Pombo para pedirle autorización para traducir las Greguerías. Habiendo vivido en Madrid, Alicante y Barcelona durante la Gran Guerra, Larbaud se convertirá en el primer y en el más apasionado de los propagandistas de la literatura española, y después, de la hispanoamericana. Primer lector europeo de Salvador Díaz Mirón, Larbaud lo será pronto de su íntimo amigo Ricardo Güiraldes, de Mariano Azuela y de Alfonso Reyes, a quienes saludará en la prensa literaria, prologará y traducirá en asociación con Mathilde Pomès.

Enamorado de América Latina desde sus años juveniles en el colegio de Sainte-Barbe-des-Champs, donde conocerá algunos jóvenes americanos que aparecerán en Fermina Marquez. Pese al desprecio que Gide y otros personajes de la NRF sentían hacia los libros provinientes de México, Buenos Aires o Caracas, Larbaud, adelantándose treinta años, encontrará en nuestras literaturas una continuación excéntrica de la cultura europea. No es extraño así que la primera mención francesa del joven Borges sea de Larbaud, como lo fue -en el dominio portugués- el elogio de Eça de Queiroz y de Oswaldo de Andrade. La gratitud que le debemos es inmensa y, en su momento sólo Reyes correspondió a los gestos de Larbaud, quien lo aficionó a coleccionar soldaditos de plomo.

Sous l´invocation de Saint Jérôme (1946) es la obra maestra de Larbaud y uno de los libros esenciales de la crítica secular. Defensa e ilustración del oficio de traductor, breviario de patrística y catálogo de problemas de técnica literaria, esta joya preside la corona de Larbaud, para quien la literatura empezaba en la mesa de trabajo y se extendía en el correcto tratamiento del manuscrito, en los misterios de la pluma, la tinta y la impresión. Clasificar una biblioteca, dedicarle tiempo y paciencia a la organización de sus dominios y ponerle sus exlibris a cada uno de sus ejemplares, era para Larbaud una tarea de primer orden, de la cual se desprendía la escritura propiamente dicha y su divulgación a través del libro y la revista literaria. Hasta donde sé, el mayor homenaje dedicado al arte de la traducción, Sous l´invocation de Saint Jérôme, ha sido escasamente traducido.

Para Larbaud el continente que explicaba la vida entera del escritor era la obra y actuó en consecuencia, resguardando celosamente su intimidad, acaso defendiéndose de su entrometida madre, a quien le hubo de ocultar su largo matrimonio de hecho con Maria Nebbia. De igual manera, en una época de ruidosas conversiones al catolicismo, cuando personajes como J.K. Huysmans, Henri Ghéon, Max Jacob o Paul Claudel daban catédra con pimienta en la sangre, Larbaud se hizo católico en la mayor de las reservas.

En noviembre de 1935 Valery Larbaud sufrió de un ataque cerebral y quedó hemipléjico, privado del uso de la palabra y severamente disminuido durante los restantes veintidós años de una vida cruelmente arrojada de la plenitud al dominio de las sombras. Este príncipe de la curiosidad, condenado al ostracismo, vió pasar con obligada indiferencia, la invasión alemana de Francia o a los honores recibidos a lo largo de su ocaso. Del escritor que colocó en tantas estanterías los libros de Italo Svevo, de Ramón Gómez de la Serna o de Joyce, queda la imagen de un viejo hojeando un diccionario, desdoblándose a través de ese mapa de la literatura mundial que diseñó pacientemente para nosotros, quizá reconociéndose, quizá no, como el autor que había escrito, en su juventud, que "con cada palabra nueva que aprendo limo poco a poco los barrotes de mi prisión".