Anatomía del disperso
(aprendiz de patafísico)

Vivian Abenshushan

 

 

 

 

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El disperso es un filósofo sin Sistema; cree, como Pascal, que "puesto que no se puede ser universal y saber todo lo que se puede saber acerca de todo, hay que saber poco de todo. Porque es mucho más hermoso saber algo de todo que saberlo todo de una cosa; esta universalidad es la hermosa." Sin embargo, hay una fatalidad que hermana al filósofo y al disperso: el estar condenados a la parcialidad de sus certidumbres; sólo que el primero se empeña en ordenar la desmelenada cabellera de la realidad para soportarla mejor, mientras el disperso opera siguiendo las mismas reglas del caos, sin tratar de atenuar en absoluto su inextricable maraña. La diferencia no es de grado sino de método: uno desea escapar a la arbitrariedad de la existencia, imponiéndose timones rigurosos; el otro supone que hay más sabiduría en dejarse arrastrar por las olas que en luchar contra ellas.

Digamos que hay hombres que van directamente a su fin, como animales de caza frente a su presa; al disperso, en cambio, le gusta perderse en largos rodeos y desvíos, es el mosquito indirecto por excelencia. Esforzado en roer el sueño de los que duermen en el confort de un dogma, mira sin engañarse el inflamado cachete teórico, lo escruta, lo sondea, lo sospecha, salta de ahí hacia otro lado, hacia la pizca epidérmica del dedo gordo, de sus vetas y circunloquios sin fin y, antes de enterrarse en una idea, abdica, pero no por agotamiento o evasión: por incredulidad. Porque una vez que ha ido demasiado lejos, cuando ha advertido las periferias y las apariencias de lo que es pequeño y escapa a la vista, descubre que no hay forma de reducir las ramificaciones de la piel, o de lo que sea, a la estrecha seguridad de un precepto. Su mirada, microscópica y abismal, le hace experimentar la infinitud en cada uno de sus atisbos y, por eso, concibe el mundo como un nudo de nudos, en el que cada hecho singular, cada astilla inocua, cada brizna de acontecimiento, condiciona a otros y es modificado por ellos. El disperso nunca puede ir al grano, porque a cada paso descubre asociaciones insólitas entre las materias más diversas, semejanzas, giros, excepciones, un aluvión de preguntas que lo alejan progresivamente de una solución general o, por lo menos, plausible.

Como sólo puede despejar un misterio engrosándolo, el disperso ha emprendido cientos de tratados y los ha abandonado todos; su vida mental es como una estela de laberintos en ruinas, llenos de subterfugios sin resolver, pasillos y galerías que se cruzan y multiplican, digresiones que hacen de cada nota al pie de página un nuevo tratado, irrefrenable y delirante. Pero esto, que bien podría inclinarlo a la neurastenia, le ha dado al disperso una de sus cualidades más notables: la disponibilidad y despreocupación de su carácter. Porque lejos de angustiarse por los proyectos que ha ido postergando, ve en ellos la manifestación indirecta de su verdadera vocación que es la de conversar. Ahí, mientras borda las lianas ociosas de la tarde, su naturaleza digresiva se encuentra a sus anchas, pues en la conversación ningún paréntesis es demasiado largo o inútil y, en cambio, sus desviaciones nutren ese principio del disperso que es escudriñar una materia desde todos los ángulos, pero sin llegar a fondo. Sabe por experiencia que una vez que aparece un argumento definitivo en medio de una conversación, los ánimos se apagan, la gente recibe la cuenta y se dirige a su casa, para dormir esa noche en la almohada de alguna vana certidumbre. Imposible que algo semejante ocurra en compañía del disperso, pues sus conocimientos son tan variados y las relaciones que establece entre las cosas tan sutiles, que si se está hablando de genética abrirá el camino hacia la carpintería o las artes marciales, para que, sin que se pierda el hilo de la conversación, ésta encuentre las bifurcaciones que aplacen invariablemente la enunciación de una ley o un apotegma.

Así pues, no hay discusión, por más necia que parezca, a la que el disperso no conceda un segundo de su tiempo, ni teoría, ya sea extravagante o exangüe, que no sazone con ejemplos desacostumbrados. Poseído por el demonio del coleccionismo inútil, el disperso ama lo que a nadie interesa, como saber, por ejemplo, que el estornudo corre a 60 km por hora, que los esquimales asienten y niegan en dirección contraria, que un día Gorki sorprendió a Tolstoi preguntándole a una lagartija si era feliz, que el olor del sobaco se llama hirco, que T.S. Eliot solía embadurnarse la cara de verde cuando estaba deprimido, que Newton no elaboró la ley de la gravedad porque le cayó una manzana en la cabeza, sino por la forma en que caían los senos de su mujer. Su forma de poseer es no poseer nada y, por eso, vive en el dispendio, soltando aquí y allá la exacta desarticulación de sus conocimientos, como si en el fondo quisiera demostrar que todo el saber del que otros tratan de apropiarse no es más que parte del saber del que han quedado excluidos.

"Si no es posible acceder a un conocimiento total -intuye el disperso, y se trata sólo de eso, de una intuición, porque en él nada se propone como una formulación acabada, pues para ello habría que presenciar simultáneamente los hechos más heterogéneos, es preciso desparramarse como el agua para llegar a todos los puntos posibles, diseminarse en muchas formas, y no girar torpemente como un trompo en el mismo punto." De ahí que esta criatura divagante y ligera, mosquito descarriado del saber, sólo encuentre apaciguamiento cuando está a la intemperie, lejos de la tensa concentración del académico y el amodorrado cubículo de sus hallazgos. Lo suyo es la irradiación: estar siempre en otro lado, tantear otras posibilidades de la existencia, otras escalas de valores, otras sustancias, otros climas, otros cuerpos, tendiendo una red sutil entre las personas y los hechos, sin verse constreñido por la estrecha perspectiva de su yo o la rigidez de un solo oficio. Los viajes sin propósito y las peregrinaciones fuera del intelecto (desde la fisognómica hasta los crímenes de la canción vernácula) son su mayor afición. Atleta ocular, para el disperso conocer es ver; no desenredar, ni refutar, ni emprender. Es el Argos de las experiencias mundanas o, para decirlo pronto, es un mirón. Sus cien ojos son incontinentes y apuntan en todas direcciones: ven arriba y abajo, las miserias del cenáculo y los éxtasis del arrabal, los temblores del planeta y las crepitaciones del insecto, el coito de los gorilas y las sofisticaciones del sadomasoquista. Nada lo escandaliza o aburre, porque ninguna determinación analítica, ningún principio clasificatorio, lo anima. Poetas, libertinos, santos, taxistas, exconvictos: a todos los observa con la misma voluptuosa devoción. Y ya que vagabundea sin rumbo ni filiación visibles, carece de prejuicios.

Algunos lo tachan de fariseo, de impostor, de arbitrario, porque frecuenta todas las iglesias, sin pertenecer a ninguna. Un día empuña un arado; al siguiente, un tratado de cristalografía. Hoy frecuenta las asociaciones de numismática; mañana las de amantes del sánscrito. Y no hay idioma que le sea extraño, aunque en rigor no hable ninguno. Pero lo que perturba del disperso no es sólo que trate con la misma familiaridad a los jefes de Estado y a los locos, que comprenda sus lenguas y pueda conversar con ellos, sino que haya asimilado la Biblia mejor que los sacerdotes y hermeneutas, sin haberse sometido a los rigores del ascetismo o el estudio. Un curioso impertinente, un sibarita de las creencias, un erudito sin título. En suma: un ilegal al que no se puede combatir, porque no defiende nada concreto. Más que un parásito, representa un virus peligroso e impreciso dentro del gran organismo oficial; cada uno de sus actos es una declaración sin firma, una cuenta sin intereses, y no es extraño que en un mundo donde sólo cuentan los resultados y los diplomas -no el decurso del pensamiento-, se le persiga con reproches incesantes: "¿Por qué no aspiras a un puesto?, ¿por qué no te afilias a una superstición conveniente?, ¿por qué no haces nada?" La amenaza más grave radica en el carisma que despierta su versatilidad intelectual, pues, aunque llegue tarde a una reunión de desconocidos, el disperso siempre encuentra una silla para arrimarse y despojar de sus aureolas a los maestros de posgrado, arrancándole risas a quienes, hasta entonces, se adulaban entre bostezos.

Lo más exasperante es que no hay forma de sancionar la haraganería de alguien que siempre está atareado. En efecto, el disperso vive proponiéndose a diario objetivos que cancelan en sí mismos su realización, empresas tan desmesuradas que ningún otro mortal se atrevería siquiera a imaginar. Parece un simulador, pues ¿quién habría de creerle que está trabajando en una fórmula de lo imprevisto, en una summa de las sensaciones, en un alfabeto de las desdichas? Desplegando su talento en asuntos que no ofrecen límites, parece que su única finalidad es el fracaso. Pero, en realidad, si de todo lo que emprende no hay nada que el disperso continúe o concluya, es porque aspira a ser transitorio él mismo, como cualquier evidencia. Estratega orgulloso del aplazamiento, ningún éxtasis le parece comparable a la prolongación del apunte, al retraso del acto definitivo. Ése es el método que adopta su amor -se diría, su lujuria insaciable- hacia el conocimiento por el conocimiento mismo: elaborar largamente una obra, mantenerla suspendida ante el deseo durante años y, ya cerca de su culminación, abandonarla por otra, que no habrá de sustituir su ardor sino renovarlo, pues más tarde regresará a ella, siempre refundida y distinta, nunca deshecha por la repetición, el enmohecimiento de las costumbres y el engaño de los hábitos. El disperso sólo persevera en su inconstancia, pues todo lo que le es posible lo humilla y desencanta, es decir, deja de ser deseable. ¿Qué le quedan al filósofo y al místico ante la verdad revelada sino la inapetencia o el hastío? Él prefiere moverse en la nebulosa de los proyectos inacabados, y si los retoma y abandona a cada instante no es porque piense que no valen la pena, sino porque cree que su grandeza radica en su imposibilidad.

Entre todos los hombres, nadie admira y desprecia tanto al disperso como el especialista. He aquí la exacta representación de la voluntad con propósitos claros, la hormiga infatigable del saber. El especialista también padece el vértigo ante la multiplicación del conocimiento, pero más humilde que su contraparte, ha renunciado de antemano a abarcar su extensión infinita. Hijo de una época en la que se sabe casi todo de todo -ésa es la convicción que sustenta su paciente optimismo, la labor del especialista consiste en afianzar la gran construcción de la enciclopedia mundial, rellenando los baches y completando los ficheros. Si hubiera nacido unos cuantos siglos antes, avanzaría como un explorador de vastos dominios. Hoy sólo le queda conquistar la verruga del mastodonte. Pero tal conquista, contrario a lo que podría pensarse, no es sencilla. Exige una vida homogénea, bien circunscrita, llena de renuncias y martirios; avanzar para quedarse en el mismo sitio, como un mulo girando alrededor del molino, ésa es su tarea. Sus días consisten en rechazar santamente cualquier idea que provenga del fondo de sus inquietudes, para ocupar, en cambio, los escasos asientos que otros han dejado desocupados. Sólo entonces, en absoluta soledad, escrutará un punto hasta reducirlo a su expresión más absurda, la que aún no ha sido explicada y disecada, la invasión del piojo en las islas de Sotavento durante la segunda expedición española y su efecto en el estado de ánimo de los esclavos africanos (no de todos, sólo de los provenientes de las regiones subtropicales, en particular, de la primera sección del desierto de Kalahari, donde la fauna, muy pobre, está constituida por camellos y algunos rebaños de ovejas, cabras y piojos). Prendado de su fatalidad, el especialista sabe que no habrá de engendrar nada nuevo en el mundo, sino, a lo sumo, añadir con esmero algunas redundancias.

Aunque es un hecho que del banquete del conocimiento sólo le han dejado las migajas, el especialista las atesora como si se tratara de las perlas de la sabiduría. En términos generales, es un paranoico: "He renunciado a todo por cultivar mi parcelita, así que no permitiré que me la arrebaten." Tal vez por eso escribe en una jerga incomprensible, como si le costara trabajo compartir sus secretos. No es extraño, entonces, que siendo tan ascético y avaro, deteste la lujuria y prodigalidad del disperso. ¿Puede haber algo más incómodo e imperdonable que la sociabilidad de un tipo que se pasea por el mundo sin la base legal del sudor diario?

Saberlo todo de una cosa, desvivirse en la extenuación de un concepto, condenarse a sostener por siempre un argumento en cuyo fondo ya no cree, el especialista vive continuamente bajo el imperio del terror, es la víctima potencial del libro o el artículo que aún no ha leído, pero que tarde o temprano habrá de llegar a sus manos para vencer su patrimonio y apolillar sus certidumbres, advirtiendo los agujeros por los que se asoman sus distracciones y negligencias. Para el disperso, en cambio, la biblioteca es un burdel delicioso, el lugar de las tentaciones a las que a cada paso renuncia el especialista, por temor a extraviarse y pervertir la claridad de su propósito. Y al final, éste no sabe qué odia más, si su tortícolis o la liviandad del disperso que divaga entre montañas de libros, abriendo canales entre una cosa y otra o revolviéndolo todo, como si salir de ahí con los conceptos desechos fuera en él una afición perversa. Lo peor es que los sucios hábitos del disperso obtienen generalmente mejores resultados que los suyos. Porque el especialista, que ha eliminado de su método la visión de conjunto y sólo siente curiosidad por los desenlaces previstos, a menudo pierde el tiempo en pistas falsas y pasa, sin darse cuenta, al lado de las verdaderas, pues no se encontraban en su ruta. Sus apuestas son como los billetes de lotería a los que siempre falta el último número para obtener la gloria, esa circunstancia azarosa en la que invariablemente cae el disperso y que, de golpe, concentra lo difuso, reúne los cabos sueltos y completa la combinación ganadora.

En el fondo, la rapacidad del disperso, su compulsiva disposición a perderse en la caótica trama de experiencias y lecturas heterogéneas que conforman su vida, no tiene otro fin que propiciar ese momento en el que súbitamente el desorden se manifiesta unitario. Lo más seguro es que nunca alcance las severas glorias del científico de laboratorio. Incluso, es probable que se quede esperando el imposible día en que todos los hilos que ha ido tirando de la maraña del mundo dibujen una figura orgánica y perfecta en la alfombra de su espíritu. O quizás encuentre la hebra demasiado tarde -aunque no sin emoción, ya muy cerca de la muerte. Aún así, no habrá descubierto nada nuevo, simplemente comprenderá, por sí mismo, que la verdad es inaccesible y las personas impenetrables. Pero una vez adentrado en su deficiente omnisciencia, no morirá con la mueca amarga del filósofo o el patético semblante del especialista. Lejos de las rotondas y las iglesias, yacerá en la fosa común de sus inclinaciones con la sonrisa satisfecha del vividor.