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Científicos
mexicanos llegan a París |
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París, junio 15 del 2001: En el momento en que se publica esta nota un equipo de sesenta científicos mexicanos, de los cuales están extraviados treinta, han llegado a París a fin de analizar el comportamiento del dibujante Joaquín Salvador Lavado, mejor conocido como Quino. El motivo de este análisis, patrocinado por el CONACYT y la facultad de ciencias biológicas de la UNAM, es comprender cómo trabaja el inventor de Mafalda. Por ahora los investigadores se han concentrado en el departamento de Quino, donde se han dedicado a comerse los alfajores del artista. Entretanto el trabajo de campo de los científicos ha concluido que mientras dibuja su cartón semanal Quino se siente como pez en el agua: "Una semana puede dibujar amas de casa y la siguiente exploradores en la selva". Gracias a esta libertad sus dibujos siempre tienen el sabor de un sueño profundo y divertido. Hasta el día de hoy los esfuerzos por describir sus cartones de humor han sido en vano, pues además de la anécdota hilarante los especialistas se enfrentan a un trazo de perfección oriental y sobre todo a una visión de la vida que se identifica con el débil y no tiene fecha de caducidad. Las fuentes aseguran que Quino trabaja sus cartones como si fuera un director de cine. Antes de colocar la cámara en la posición definitiva estudia calles, vestidos, coches, personas, gestos, e incluso compra revistas de moda para copiar los peinados. Luego trabaja con los actores, sin olvidar a los de reparto, como hacía Frank Cappra, que iba con los integrantes de la multitud y les inventaba una historia personal a cada uno, a fin de que no hubiera dos actores con la misma expresión. Quino, que descubrió su vocación a los tres años, afirma que nunca le ha gustado trabajar con modelos, salvo cuando fue estrictamente necesario, como la vez en que necesitó dibujar un cortador de carne o un detector de metales. Si sospecha que una de sus ideas se le pudo haber ocurrido antes a otro colega, le llama directamente y le pregunta: "Oye, ¿tú has dibujado algo así y asá?". Para regocijo de los lectores, muchas de las situaciones o de los recursos que él creía estar recordando, por parecerle tan naturales, en realidad los estaba descubriendo y eso explica que los cartones que publicó sobre el mundo moderno hace cuarenta y siete años sigan provocando carcajadas. En sus ratos libres, como ocurrió durante el breve paréntesis que va de 1964 a 1974, Quino inventó al personaje latinoamericano más influyente de todos los tiempos: Mafalda la contestataria -como la bautizó Umberto Eco-, una niña aficionada a preguntar el porqué de las cosas, desde si es tabú el sexo (y por cierto, qué cosa es el sexo), a la política exterior de los Estados Unidos. Pero como han podido comprobar los científicos, si la educación de nuestras utopías y el conocimiento de la condición humana empieza con esta niña inteligente que detesta la sopa uno sentirá la necesidad de continuar el tratamiento con las páginas de humor de Quino. En cuanto se lee la primera el lector se aficiona a los casos de elefantes que toman las órdenes al pie de la letra, perros con Alzheimer, soldados cobardes, palanquitas traicioneras, millonarios que se enfrentan a sus ideales de juventud, empleados que sueñan con la playa mientras están en la oficina y otras personas que tienen ideas propias o las rentan. A fin de avanzar en las investigaciones el equipo de científicos pidió a Daniel Divinsky, Esther Tusquets, Isabel Lasa, Julieta Colombo y Marcelo Ravoni que releyeran los libros de humor de Quino y eligieran los cartones imprescindibles. A esta selección Quino agregó la suya, y durante meses se reunió con su esposa Alicia y con Paula Beinstein, a fin de supervisar los avances. El resultado fue Esto no es todo, una antología de más de cincuenta años de cartones, publicada simultáneamente en España, Argentina y México. Se trata de un libro de estructura musical, que salta con agilidad de un tema a otro y tiene un remate contundente. Como ocurre con los verdaderos clásicos, el lector se reconocerá en muchos de los cartones que aquí aparecen, e incluso mirará por encima del hombro para saber si no lo tomaron como modelo. Finalmente, revelaron los estudiosos, Quino trabaja como un maestro zen, pues al tiempo que hace reír también nos impulsa a sacar la cabeza fuera del agua por un momento, a recordar quiénes somos y cómo estamos viviendo. De él puede decirse lo que dijo Winston Churchill de los aviadores de la RAF: Jamás tantas naciones le debieron tanto a un solo dibujante. (Esto no es todo, Tusquets México, 2002) |
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