Picasso en el castillo de Antibes
Elena de Ribera y La Souchère

 

 

 

 

Version en français

Picasso et Dor de la Souchère dans la salle d'honneur, 1948

 

En septiembre de 1946, el maestro Pablo Picasso inició en el castillo Grimaldi de Antibes una etapa de intensa creación pictórica.
Diez años atrás, durante su breve período surrealista, había pasado una primera temporada en Antibes en compañía de Dora Maar. Con el recuerdo de aquellos días de felicidad a orillas del Mediterráneo, con motivo de otra temporada en Antibes, una obra inspirada en la costumbre provenzal de la pesca al lamparo1 pintó en 1939 : la famosa "Pesca nocturna en Antibes", que figura actualmente en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Nueva York


La joie de vivre, 1946 © Succession Picasso 2002

La Alegría de vivir

Fascinado por el ambiente marítimo, Picasso siguió realizando breves visitas a Antibes. En cierta ocasión, al coincidir con mi padre en casa de amigos comunes, manifestó su necesidad de espacios amplios para pintar. La realización de "Guernica" había significado una lucha perpetua con el espacio relativamente exiguo de su morada parisina. "Si usted necesita anchas superficies para pintar, puedo proponerle los muros del castillo de Antibes - contestó mi padre, quien había fundado veinte años atrás un museo arqueológico en la antigua fortaleza de los Grimaldi. No hubo necesidad de reiterar la invitación. A los pocos días de ese cambio de impresiones, el Maestro Picasso, con su caballete, sus pinceles y sus colores, se instaló en el castillo en compañía de su nueva amiga, Francoise Gilot, una hermosa muchacha de veintitantos anos, quien estaba embarazada de varios meses.

En aquel entonces, Picasso, siempre vestido con camiseta de pescador y pantalones arremangados, era un robusto sexagenario, cuya silueta un poco tosca desprendía una impresión de fuerza indómita e intensa vitalidad. Desde los primeros días de su estancia en el castillo, se impuso un ritmo de trabajo que hubiera agotado a cualquier hombre joven.

Trabajaba en el gran salón del segundo piso, que tiempo después, fue dividido en varios espacios, entre otros motivos para acoger en uno de ellos "el Gran Concierto " de Nicolás de Stael. Pero en aquel entonces, esa sala ancha y un tanto rústica, con morrillos en el suelo, se parecía a una jaula de pájaros suspendida entre cielo, mar y tierra. Por un lado se divisaba la ciudad medioeval y los barrios modernos con su horizonte de cerros. Por el otro lado, las ventanas daban al mar y a la costa hasta el cabo de Antibes, con sus playas, sus pequeñas caletas, la mancha verde de sus palmeras y sus vistosas quintas veraniegas.

Para un pintor de exquisita sensibilidad artística, el ambiente era sumamente estimulante. En el palacio medioeval de los Grimaldi, convertido en cuartel en época de la anexión a Francia y prácticamente abandonado a comienzos del siglo XX, las obras de renovación estaban bastante adelantadas. En las salas restauradas, mi padre había reunido un conjunto de piezas arqueológicas que relataban en piedra y barro el prestigioso pasado de la Antipolis de los Fenenses, de los Griegos y de los Romanos. Además de los muros del castillo, mi padre proponía a su pintor amigo nuevos temas de inspiración, al contarle la odisea de los atrevidos navegantes procedentes de la colonia ateniense de Fócida - en Asia Menor - quienes sentaron las bases de varias ciudades en el Mediterráneo, desde las costas sicilianas, Antibes y Marsella hasta Ampurias en la Costa Brava de Cataluña. Mi padre había recorrido al revés la ruta de los Fenenses, iniciando su carrera en el sitio arqueológico de Ampurias y concluyéndola en Antibes. En las horas de ocio, en las tabernas del viejo puerto o en el diminuto jardín incluido en el recinto de la fortaleza, Picasso dibujando sin cesar en los manteles o en cualquier papelito que estuviera a su alcance, escuchaba a mi padre, quien, con la vista puesta en un pasado remoto - tendencia propia de los arqueólogos - no se cansaba de hablar de la Antigüedad mediterránea, de sus semidioses, su bestiario y sus leyendas.

Entre las piezas arqueológicas conservadas en aquel entonces en el castillo Grimaldi, que más contribuyeron a poblar la imaginación de Picasso de livianos fantasmas de la Antigüedad Mediterránea, figuraba la misteriosa lápida del niño Septentrión, el joven bailarín del teatro romano de Antipolis, quien según la inscripción grabada en la piedra "bailó un solo verano, tuvo éxito y falleció".

De la coincidencia entre las influencias del Mediterráneo antiguo y la sensación de fuerza y renuevo que siempre se desprende de un amor joven, nació una obra dionisiaca y jubilatoria que culmina en "la Alegría de vivir. En ese óleo sobre fibrocemento de 2m,50 de ancho, la ninfa Francoise Gilot baila con centauros y faunos juguetones que tocan la diaula, la flauta doble de los Griegos.

En los últimos tres meses del año 1946, Picasso llevó a cabo 24 obras de inspiración marítima y mitológica que olían a mar, sal y yodo. En todas aparecían las figuras de las leyendas y del bestiario del Mediterráneo: ninfas con cabra y tamboril, sátiros, centauros barbudos o lampiños con su tridente, y faunos traviesos, con guirnaldas de peces, pulpos, erizos de mar y murenas.

Meses después, en una nueva y última estancia en el castillo, Picasso pintó con rapidez inaudita, su obra de más clara inspiración griega y mitológica: "Ulises y las sirenas."

Una lechuza surrealista

Por un día de viento, Don Pablo recogió en la terraza del castillo una lechuza malherida, El nieto del guardia del museo y sus amiguitos del vecindario se interesaron por el animal y con un palillo le compusieron la patita quebrada. Pero a pesar de las atenciones de que fue objeto, la lechuza murió a las pocas semanas de haber caído en la terraza del castillo.

Para consolar a los niños, el maestro Picasso les enseñó el óleo que pintara días atrás inspirándose más o menos en la figurilla de la lechuza. Pero ellos se quedaron atónitos y defraudados. No reconocían la sufrida bestezuela que habían atendido con tanto cariño en ese monstruo que desde el óleo. Como si estuviera en el trasfondo del infierno, les miraba con ojos de venganza y dientes de alambre.

Uno de los niños que al cruzar la terraza del castillo, había oído en boca de un pintor amigo de mi padre, la palabra "surrealista", interpretándola a su manera, dijo a sus compañeros:
" No se preocupen. No es de extrañar que la lechuza de la pintura no se parezca a la nuestra, puesto que se trata de una lechuza surrealista "

En busca de una realidad subjetiva

De hecho, Picasso en la época de su estancia en el castillo, renegaba del surrealismo. Los incidentes que acompañaron su ruptura con Dora Maar le habían dejado un mal sabor. Fundándose en las crisis nerviosas de su compañera repudiada, en el suicidio de Artaud y en los desmanes de otras grandes figuras del surrealismo, calificaba de "locos" a todos los surrealistas

Inclusive en la época de su relativa y fugitiva adhesión a la estética surrealista, cuando alternaba con más frecuencia con Max Ernst, Hans Arp, Miro y otro próceres de la corriente, siempre se mantuvo un poco al margen del grupo. Su afán de independencia e inconformidad no permitía que se incorporara a un grupo estructurado. Además no podía aguantar el dogmatismo de Breton en materia de pintura. Con relación al surrealismo, Picasso desempeñó el papel del francotirador.

Es muy posible que Picasso, en su afán de independencia, se haya mantenido siempre en la misma actitud de participación reticente con relación a todas las corrientes artísticas a las que se adhirió de modo sucesivo. A ese respecto, la reserva vigilante que guardaba en toda ocasión y su misma mirada resultaban más reveladoras que sus palabras. Los que tuvimos el privilegio de conocerle nunca olvidaremos el fulgor de sus ojos oscuros. Miraba la realidad con una intensidad inaudita, casi insostenible, como si hubiera querido absorberla a la manera de una esponja y al mismo tiempo traspasarla para encontrar más allá una verdad escondida. En ese supuesto, sus adhesiones sucesivas a varias corrientes artísticas y sus experiencias personales de estilización de las formas podrían interpretarse como meros tanteos para alcanzar su objetivo en la búsqueda perpétua, quizá inconclusa, de una visión interna, de una realidad subjetiva que le parecía más rica y auténtica que la realidad trivial y cotidiana.

Diez años después de su estancia en el castillo Grimaldi, Picasso, en una visita a mi padre, le confesó la importancia del ambiente en su proceso creador en términos que tal vez puedan contribuir a dilucidar el misterio de sus metamórfosis.

"Al llegar a Antibes - dijo - me siento otra vez sumido en la Antigüedad. Las obras nacen según los momentos, los lugares, las circunstancias. Uno traga el ambiente hasta intoxicarse"

El Picasso de Diego Rivera

Durante su estancia en el castillo, en 1946, Picasso se inició, en la alfarería Madoura de Vallauris a las técnicas de la cerámica a las que dedicó gran parte de sus actividades en los últimos veintisiete años de su vida.

Desde sus residencias de Vallauris y Mougins solía visitar a mi padre con cierta frecuencia obsequiando al museo alguna que otra obra de escultura o cerámica: bustos de mujeres, jarras y fuentes decoradas con figuras mitológicas o escenas de corrida y ánforas inspiradas en la diminutas estatuas de Tanagra. Enriquecida por los obsequios del maestro y luego por los donativos de su viuda Jacqueline, la colección de las obras de Picasso en el castillo Grimaldi ya se calculaba alrededor del año 1980, de aproximadamente trescientas piezas entre pinturas, esculturas, fuentes y jarras de cerámica, dibujos y bocetos. Picasso ocupaba cada vez más espacio en el museo que ya en aquel entonces llevaba su nombre, el ayuntamiento de Antibes no tuvo más remedio que acordar el traslado de las piezas arqueológicas al bastión Saint André, uno de los baluartes del sistema de fortificaciones construido por Vauban en el siglo XVII. Por fin, la pintura había desplazado a la mitología de la que había sacado inspiración y temas.

Convertido el Museo Grimaldi en Museo Picasso de arte moderno, se dedicó a presentar cada año exposiciones de artistas contemporáneos. Entre otros eventos de este tipo, el museo presentó de julio a septiembre de 1980 una importante exposición retrospectiva de arte mexicano que abarcaba sesenta años de pintura desde los grandes creadores de comienzos del siglo XX - Diego Rivera, Orozco y Siqueiros - hasta los artistas de la generación de Agueda Lozano, Zarate y Saúl Kaminer, quienes iniciaron sus actividades alrededor del año 1970.

Con objeto de establecer un lazo entre Picasso y el arte mexicano, los organizadores de la muestra tenían fatal y necesariamente que poner énfasis en las estrechas relaciones de amistad y cooperación que, en los años anteriores a la primera Guerra Mundial, unieron a Picasso con el joven Diego Rivera, iniciador del movimiento pictórico mexicano del siglo XX. En aquellos años que coincidían con el auge del cubismo, Picasso alternaba con frecuencia en La Rotonda y otros cafés de Montparnasse con Modigliani y Diego Rivera. Fascinado por los cuadros cubistas de Picasso, el joven Diego Rivera, de veinticinco años de edad, se convirtió al cubismo y se reconoció discípulo del pintor español, quien le llevaba seis años. Por ese motivo, Mercedes Iturbe, la curadora de la exposición mexicana de 1980 en Antibes, insistió para que Dolores Olmedo prestara a la muestra "el joven de la pluma estilográfica", el óleo de Diego Rivera que más refleja la influencia del maestro de Málaga en las obras de juventud de Diego Rivera.

Al inaugurar la exposición junto con el Alcalde de Antibes, el embajador y el delegado permanente de México en la UNESCO, el Doctor Víctor Flores Olea se quedó mirando un momento "el joven de la pluma estilográfica" que, además de figurar en la portada del catálogo, ocupaba un lugar privilegiado en el salón de honor.

Dirigiéndose a Mercedes Iturbe, Víctor Flores Olea, le dijo con la fina ironía que le caracteriza: " Hiciste muy bien en insistir para conseguir el Picasso de Diego Rivera
Todas las corrientes de la pintura mexicana del siglo XX figuraban en esa exposición, desde las obras de los artistas figurativos hasta las de Gunther Gerzso, Agueda Lozano y otros pintores abstractos, y desde el cubismo de la etapa parisina de Diego Rivera hasta el movimiento neofigurativo de José Luis Cuevas. Pero la tendencia surrealista ocupaba un lugar privilegiado con cuadros de los dos precursores del movimiento en México -Wolgang Paalen y Leonora Carrington -, con una de las "Reinas Muertas" del período neosurrealista de Alberto Gironella y con obras de los pintores de la generación de Saúl Kaminer y Luis Zarate, quienes se esfuerzan por compaginar las influencias surrealistas con los legados de las culturas índias. Nos consta que algunos de los artistas mexicanos de la época postmuralista han estudiado la obra de Picasso. Entre ellos figura Rodolfo Nieto, quien ha trabajado en 1973 en el Museo Picasso de Barcelona. De todas formas, las experiencias del viejo maestro de Málaga han venido enriqueciendo el legado del arte del siglo XX ofrecido a las nuevas generaciones de artistas mexicanos.


1 Pesca nocturna de anguilas