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Presentación
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¿Qué imagina un habitante de Buenos Aires o Ciudad de México cuando escucha la palabra París? Seguramente piensa en las maravillas que sus coterráneos han dicho y escrito sobre ella, sobre sus puentes, sus callejones, sus cafés y sus plazas. Sin embargo, basta leer atentamente a Cortazar o a Vargas Llosa, a Paz o a Carpentier para sospechar que París nunca ha existido. ¿Qué ciudad es ésa donde los amantes no necesitan citas para encontrarse; dónde los vecinos que tocan a la puerta vociferando se vuelven personajes simpáticos; donde las mujeres avanzan sonrientes por las calles invernales y se abordan fácilmente en un vagón del metro; donde basta poner un pie en una buhardilla mugrosa para convertirse en escritor? Quizás esa ciudad se llama París, pero con acento. París es una ficción latinoamericana. Una ciudad imaginaria a veces muy diferente de la capital francesa. Cuando un mexicano sale de su patria para trabajar en los Estados Unidos sabe más o menos lo que le espera. El latinoamericano que llega por primera vez al aeropuerto Charles de Gaulle, difícilmente imagina el abismo que separa su sueño europeo de esta gran urbe. Las expresiones de angustia sobre los rostros, así como la agresividad en los vagones del metro no estaban contempladas en nuestra bucólica idea. Tampoco los malos tratos de los aduaneros ni de los agentes encargados de otorgar las visas en la Police des étrangers. La neurosis y el esnobismo francés que hacen reír al turista, dejan de ser pintorescos para el inmigrante. Recuerdo una ocasión en que debí tomar un taxi para llegar a la estación de tren. Después de arrojar mis maletas a la cajuela, el chofer me miró con asco y anunció que no iba a llevarme: "Su abrigo suelta pelusa", dijo, "Así no se puede subir a mi coche". Son muchas las argucias que el extranjero debe aprender para desenvolverse en esta ciudad inventora del sadismo y de la burocracia, desde el "Bonjour!" cantadito sin el cual uno no es bien recibido en una panadería hasta el enojo que conviene fingir, sin temor a pasar por un histérico, para que cualquier secretaria considere nuestro caso. Cada ciudad tiene sus propios códigos. Pero nadie en América Latina supone que así son los parisinos. Cuando el compatriota anuncia que le han asignado una beca, sonríen maravillados como si el amigo se mudara al paraíso. La magia de ese París imaginario es tan poderosa que más tarde al instalarnos por fin en la tan literaria chambre de bonne avec W.C. sur le pallier, uno se siente culpable por osar deprimirse. Intrigados
por las experiencias tan distintas que París puede suscitar, hemos
querido hacer un número invitando a latinoamericanos escritores,
investigadores, fotógrafos, críticos a que hablen ya sea
de la ciudad misma o de los escritores que la han habitado, contribuyendo
de algún modo a la creación de su mito. Se trata de una
ocación para recordar al idolatrado Julio Cortázar, principal
responsable de la inmigración literaria, pero también a
Fuentes, Carpentier y Vargas Llosa por citar a los más conocidos.
Otros autores prefirieron hablar de las dificultades, de la vida en los
barrios bajos o del recorrido que debe emprender un artista antes de empezar
a tener éxito en Francia. Dos fotógrafos mexicanos contribuyeron
con imágenes que lo mismo pueden mostrar un monumento parisino
-como Les Halles o el Louvre- que las miradas inquietas de un clochard
en la calle o de un adolescente esperando en el andén a que llegue
el último metro. ¿Cuántas de esas ciudades, imaginarias
o no, quedaron fuera? Es imposible saberlo. Nuestra intención no
es abarcarlas todas sino mencionar su convivencia, su simultaneidad, así
como abrir un espacio para que latinoamericanos y franceses hablen de
París, de su enamoramientos y de sus cotidianos dolores de cabeza.
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