Vargas Llosa y París
Mónica Quijano

 

 

 


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Foto: Rene Palacios

 

El deseo es volátil, inaccesible y a veces indecible. En el momento en que se concreta deja de ser deseo, pierde su esencia. Así sucede con algunas ciudades que viven en el imaginario de un pueblo o de una persona. Pueden llamarse Comala, Santa María, Macondo o bien París, Praga, México o Lima. Aunque parecen distintas, todas tiene algo en común: son nombres que pueden servir para designar lugares a los que nunca se ha ido, sitios suspendidos en la imaginación.

Desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX, París fue para los latinoamericanos un lugar mítico, a la vez real y reconstruido a partir de sueños, de palabras, de imágenes. Para los escritores que crecieron y se educaron en la Lima de los años cincuenta, como Mario Vargas Llosa -- igual que aquellos que vivieron en la Ciudad de México, en Buenos Aires o en Santiago de Chile --, París era además una referencia literaria ¿Cómo escapar a la ciudad que fue escenario de las grandes novelas del siglo XIX? No fueron pocos los escritores de América Latina que, atraídos por el mito, decidieron vivir en esta ciudad: Vallejo, Huidobro, Neruda, Paz, García Márquez, por mencionar sólo algunos. Otros más, no sólo vivieron sino que se quedaron para siempre, como Cortázar o Miguel Ángel Asturias, cuyos restos se encuentran en los cementerios de Montparnasse y Père Lachaise respectivamente.

Además de ser un mito colectivo, París fue para cada uno de estos artistas una razón particular, la realización de un deseo o una búsqueda personal. En este sentido, la relación de Vargas Llosa y París inicia en la adolescencia de éste, con la lectura de las novelas de aventura decimonónicas. Con el tiempo este espacio meramente literario se fue convirtiendo en un sueño, en algo lejano pero alcanzable. Esta ciudad era para el joven de aquellos años una quimera, una evasión, el lugar indicado para exonerar sus demonios, el único sitio donde podría hacerse escritor.

Vargas Llosa no eligió París como escenario de sus novelas, sin embargo, esta ciudad tiene gran importancia para la edificación de su mito personal. Si uno piensa que la vida de una persona está construida a base de ficciones --¿qué es la memoria sino la autoficción por excelencia?- París es para Vargas Llosa el lugar donde se gestó su novela más íntima, la novela de su propia vida, aquélla en la que el autor es el personaje principal. París es entonces "lo otro", la "anti-Lima", el polo opuesto a la realidad peruana de los años cincuenta donde escribir significaba "poco menos que la muerte civil, poco más que llevar la deprimente vida de paria"1. Las largas jornadas laborales convencieron al joven Vargas Llosa de que en Lima jamás podría ser un escritor de tiempo completo. Ahí, la literatura no dejaba para vivir porque no era apreciada como una profesión, porque aquel que tenía ganas de escribir se enfrentaba a la imposibilidad material de lograrlo.

A fines de 1957, el azar y la escritura llevaron a Vargas Llosa a conocer por fin la ciudad deseada, gracias a un concurso de cuentos donde obtuvo el primer lugar con "El desafío" que después sería incluido en Los jefes. El premio: un viaje por quince días a París. "Dudo que, antes o después, --escribe en El pez en el agua-- me haya exaltado tanto alguna noticia como aquélla. Iba a poner los pies en la ciudad soñada, en el país mítico donde habían nacido los escritores que más admiraba." Este primer viaje reforzó la idea de que sólo en París podría algún día convertirse en escritor. Al pasear por sus calles, recorrer sus museos, vivir el ambiente invernal parisino, Vargas Llosa decide "que ahí viviría, escribiría, echaría raíces y se quedaría para siempre".

Gracias a una beca que obtiene al año siguiente para realizar estudios doctorales en Madrid, logra acercarse a su meta. El deseo y la imaginación permitieron a Vargas Llosa dejar atrás Lima en busca de un lugar donde pudiera escribir, un sitio que le ofreciera la posibilidad de volverse un "escritor profesional".

Después de diez meses en España, Vargas Llosa llega a la capital francesa con la promesa de una nueva beca, que por cierto, nunca obtuvo. El deseo de vivir en París nace en él a partir de la lectura y se vuelve posteriormente un estímulo para la escritura: es en la buhardilla del hotel Watter donde termina La ciudad y los perros, novela que había comenzado en Madrid y que lo llevaría a la fama.

Una vez que encontró un trabajo más estable en la radio y televisión francesa, Vargas Llosa se mudó a un departamento de la rue de Touron, descrito por Carlos Barral en la introducción de la primera edición de Los cachorros : "Cuando yo lo conocí, Vargas Llosa vivía en la rue de Tournon de espaldas al jardín de Luxemburgo. Para llegar a la casa había que escoger, un poco al azar, entre distintas puertas de un patio interior muy balzaciano, en cuyos adoquines brillaban todavía las chispas de las antiguas herraduras. La puerta de cristales azulosos y verdes, tembloroso modelo impresionista, se abría sobre una escalera tortuosa y pina […]." Barral recuerda que el departamento era diminuto y lo que más le impresionó fue encontrar la máquina de escribir en el centro de la habitación, objeto en torno al cual giraba y se construía todo el espacio vital del novelista. En ese departamento y con esa máquina escribió La casa Verde y Los cachorros, e inició Conversación en La Catedral.

Durante estos años de vida parisina, Vargas Llosa comparte con Cortázar un amor y admiración por la ciudad. El primero, más voluble, se cansa de ella al paso de los años, Cortázar, parisino de corazón, le fue fiel hasta la muerte. Vargas Llosa recuerda en sus memorias que Cortázar decía haber elegido París "porque no ser nadie en una ciudad que lo era todo era mil veces preferible a lo contrario"2. París era entonces un lugar mágico en el cual "la historia, la invención literaria, la destreza técnica, el conocimiento científico, la sabiduría arquitectónica y plástica, y, también, en muchas dosis el azar, habían creado esa ciudad donde salir a caminar por los puentes y muelles del Sena, u observar a ciertas horas las volutas de las gárgolas de Notre Dame o aventurarse en ciertas placitas o el dédalo de callejuelas lóbregas del Marais, era una emocionante aventura espiritual y estética, como sepultarse en un gran libro"3.

París fue para Vargas Llosa, como para muchos escritores de América Latina de los años sesenta, el punto de fuga, el hilo de escape, el pretexto que lo salvó. Fue antes que nada un centro de peregrinación, un lugar hecho de imágenes, de mentiras, de reconstrucciones, de memoria. Fue el intercambio con "lo otro" que le permitió recobrar su identidad rota. Como todo romance, terminó unos años después. En 1966, Vargas Llosa decide abandonar París para trasladar su domicilio a Londres. Con este desplazamiento se cierra la etapa de iniciación de Vargas Llosa a la vida de creación artística, a la vida de escritor. Y mal que bien, en la imaginación o en la práctica, París tuvo mucho que ver en ello.


1 M.V.L. " Sebastián Salazar Bondy y la vocación de escritor en el Perú " (escrito en 1966), Contra viento y marea I (1962-1972), Barcelona, Seix Barral, 1983, p.115.
2 M.V.L., El pez en el agua, Barcelona, Seix Barral, 1993, p. 466.
3 Ibid