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Sartre entre
nosotros Guillermo Fadanelli
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Mientras
espera la muerte, las manos esposadas, Lucie se dirige a los restantes
prisioneros para hacerlos callar: "¿Necesitan todas esas palabras
para darse coraje? He visto morir a los animales y desearía morir
como ellos: ¡En silencio!" Lucie tiene la necesidad de reconciliarse
consigo misma antes de ser vejada, aniquilada por la mano de sus verdugos.
¿Qué tranquilidad son capaces de ofrecernos las palabras
cuando éstas encarnan precisamente lo contrario, la ansiedad, la
necesidad de ocultar el no ser? Pero no es Lucie, en realidad,
quien suplica silencio, sino el escritor que se vale de ella para abjurar
de su oficio. Es Jean-Paul Sartre que, fiel a su costumbre, utiliza sus
obras -en este caso Muertos sin sepultura- para hacernos sentir
su presencia. El Sartre que no puede controlar sus opiniones ni tampoco
su desbocada escritura. Nadie tan adecuado como este escritor, agobiado
por su extremo amor a las palabras, para invocar el silencio, para erosionar
la conciencia hasta hacerla desaparecer. A final de cuentas sólo
aquel que ha construido su mundo de palabras tiene derecho a desear su
anulación. Sartre creía en el poder de la literatura como
casi ningún otro filósofo. No creo que se preocupara tanto
por la verdad de sus razonamientos: "No suelo pensar para escribir...
La inspiración no es una idea que nace repentinamente en la conciencia
y se desarrolla. Está en la punta de la pluma." Que la vida
se uniera al pensamiento en el seno mismo de la literatura. Que la escritura
nos permitiera descubrir la humanidad en las ideas. Es ése el objetivo
de un escritor para el que la literatura no es un oficio común
sino uno trascendente, una actividad cuyo poder habrá de permitirnos
alterar el orden del mundo. ¿Puede acaso la literatura comprometerse
con una ideología? Encuentro fatal cuya inevitable consecuencia
es el envejecimiento de las ideas, el cansancio de las palabras excedidas
de sentido, puestas contra la pared por un sujeto histórico que
se resiste a desaparecer, es decir, a callar. No es extraño que
la generación posterior a Sartre lo metiera a un catafalco y lo
inhumara junto con su escándalo humanista, sus contradicciones,
su pasión política, su exasperante idealización de
la libertad, su insistencia en el poder negador de la conciencia. No es
extraño, por ejemplo, que hastiado del humanismo que Sartre representaba,
Foucault confine al hombre a un papel secundario en la historia del saber.
Finalmente la corriente moralista francesa tan preocupada por el hombre
hace crisis en Sartre. Después viene el arrepentimiento, la necesidad
de olvidar el rostro de una filosofía comprometida.
El
tiempo ha debido pasar para que volvamos a leer a Sartre con tranquilidad.
Tenemos la ventaja de que no está allí haciendo declaraciones
comprometedoras en los periódicos, desdiciéndose, arrepentido
de haber escrito tanto. No puede responder y eso más que una ventaja
es un alivio. "Mi impostura también es mi carácter,
te libras de la neurosis, pero no te curas de ti mismo", escribió
en Las palabras. Ahora que finalmente se ha curado de sí
mismo, ahora que nosotros también nos hemos curado de su influyente
presencia, aparece un libro que vuelve a colocarlo en la cabecera de la
mesa. Lo primero que uno piensa es que se debe a la desmesurada manía
que nuestros contemporáneos muestran por desenterrar a los muertos.
¿Qué sucede con Bergson? ¿Qué esperan para
quitarle el polvo y comenzar a lucrar con su resurrección? No,
mejor que sea Vladimir Yankelevitch a quien podemos considerar públicamente
un pensador poco apreciado. Esta impresión se desvanece cuando
es otro filósofo, Bernard-Henri Lévy, el que comienza la
exhumación. La experiencia nos dice que ningún pensador
actúa sin antes haberle dado mil vueltas al asunto. ¿Pero
por qué un libro de seicientas páginas? ¿Por qué
la abusiva cita de tantos escritores y filósofos? Un francés
le dedica un voluminoso libro a otro francés que se creía
enteramente olvidado. Además se trata de un título algo
rimbombante: El siglo de Sartre. De entrada es sospechoso de narcisismo
nacionalista. El mismo autor se pregunta: "¿A qué se
debe que sea Sartre y no otro el que recoja la antorcha de Gide y a partir
de entonces domine la época?" Sin embargo, la justificada
sospecha que después de estas consideraciones precede a la lectura,
se desvanece en cuanto uno se sumerge en el espíritu de la argumentación.
No se suceden muchas páginas antes de que encontremos la pasión
común entre ambos pensadores: las palabras. Bernard Henri Lévy
cree tanto como Sartre en el poder corruptor de las palabras. A quienes
no somos franceses nos parece singular la propensión que tienen
éstos a dotar el pensamiento de efectos literarios, a considerar
no sólo que nuestros conceptos están construidos de palabras,
sino que estas palabras embellecen las ideas para volverlas seductoras.
Como si convencer fuera ante todo seducir, pero sobre todo seducir con
palabras. La figura de Sartre aparece entonces rodeada, sitiada por el
estilo de un filósofo que no cesa de hacerse corpóreo a
través de lo literario. No se trata de un taxonomista abúlico
sino de un actor que así como desenfunda la espada teatralmente
rompe en llanto o grita panegíricos a los cuatro vientos. Esta
versatilidad nos propone en consecuencia a un Sartre como el fascinante
personaje de una novela cuya trama es la historia de un siglo. ¿No
es ésta la manera más sensata de abordar a un pensador que
vivió como el más contradictorio personaje de sus propias
obras? A un hombre que escribió tan generosamente es imposible
reducirlo a la unidad. No existe un solo Sartre y es ésta una de
las lecciones del libro. Ha sido tan sencillo aunque tan injusto reducir
a este hombre a la prisión de una sola imagen. Que él mismo
haya contribuido con tanto entusiasmo a insistir en sus opiniones sobre
todos los temas provocó que, dependiendo la casa, se le considerara
una plaga o un santo. En el libro de Lévy nos encontramos un mito
construido a partir de argumentos, testimonios, rumores, habladurías
e injurias inclusive. Un mito que se produce uniendo azarosamente a todos
los Sartres que tenemos en la mente. Este ejercicio te lleva finalmente
a una confrontación. Tarde o temprano estarás en desacuerdo,
tarde o temprano coincidirás con sus ideas por más encono
filosófico o histórico que hayas alimentado acerca de su
figura. La
primera impresión que me dio La náusea -probablemente
el libro más famoso de Sartre- fue la de que no estaba yo precisamente
frente a una novela. ¿Cómo describir el sentimiento que
aborda a un joven cuando cree que se le están diciendo cosas importantes,
cuestiones vitales, asuntos que serán de gran importancia en su
vida futura? El filósofo murmura las sentencias áridas que
el escritor recoge para hacerlas vivir en el lenguaje. Sartre le escribe
a Simone de Beauvoir: "No procuro proteger mi vida a posteriori
con una filosofía, lo cual sería indecente, ni acomodar
mi vida a mi filosofía, lo cual sería pedante, sino que
de verdad vida y filosofía sean lo mismo." Esa es una de las
razones por las que a Sartre le preocuparon poca cosa los problemas lingüísticos.
Debió de parecerle una majadería técnica incomparable
el que hombres tan brillantes dedicaran su tiempo a la bisutería
mecánica del lenguaje. Las palabras se conocen cuando se habita
entre ellas, no diseccionándolas, ordenándolas, metiéndolas
en frascos.. Nadie
puede negar lo incómoda que puede tornarse la relación entre
filosoía y literatura. En el colmo de la paranoia algunos pensadores
-pienso en Iris Murdoch-le han negado a Nietzsche el estatuto de filósofo.
Es mejor no detenerse en este tema a riesgo de quedarse allí para
siempre. Sólo una frase de Lévy al respecto: "...no
parece exagerado afirmar que Sartre, en principio, es el menos dispuesto
de los filósofos contemporáneos a permitir que la lengua
-y por consiguiente la literatura- no sólo gobierne sino también
corrompa la labor del pensamiento." Algo más: Simone de Beauvoir
le escribe a su compañero para decirle: "Cuando lo conocí
usted me dijo que deseaba ser Spinoza y Stendhal a la vez." Esta
ambición le vale recriminaciones de ambos bandos. Los escritores
encuentran sus obras literarias demasiado preocupadas por asuntos de índole
filosófica. Los filósofos académicos se resisten
a que un escritor famoso se entrometa en sus campos. Ellos prefieren a
Merleau-Ponty y no están dispuestos a que la haraganería
literaria tergiverse o corrompa su oficio. Estas críticas no lo
detienen. ¿Cómo van a detenerlo cuando su deseo es sacar
precisamente la filosofía de los cubículos universitarios?
La calle es el lugar apropiado para fecundar al pensamiento. No las aulas
sino los callejones. Ésta es una de las causas por las que sus
relaciones con los filósofos son ríspidas. Heidegger mismo
procura tomar distancia de la doctrina que Sartre insiste en llamar existencialismo.
Además de considerarlo un filósofo menor, el alemán
prefiere, en todo caso, denominarse esencialista (recordemos la
célebre sentencia de Heidegger en la que afirmaba que los franceses
sólo piensan cuando lo hacen en alemán). En realidad la
preocupación fundamental de Sartre no es el ser sino lo
que se encuentra a sus alrededores: los objetos cuya existencia es anterior
a nuestra conciencia, objetos, cosas que existen sin necesidad de que
una conciencia les proporcione realidad. Si bien, siguiendo a Husserl,
Sartre está de acuerdo en que la conciencia es siempre conciencia
de algo, cree contra Husserl que no existe nada parecido a un ego trascendental
capaz de constituirse como ser universal que percibe. Escribe Sartre en
El ser y la nada: "El ser fenoménico manifiesta él
mismo tanto su esencia como su existencia." Y Bernard-Henri Lévy
dice al respecto de las cosas: "Su existencia no es sólo independiente,
sino también anterior a la conciencia, que toma nota de ello."
Es ésa precisamente la sensacion que se tiene después de
haber leído La náusea: las cosas existen a la par
de los hombres. No ha sido una voluntad divina o una supraconciencia humana
la que ha condicionado su existencia. Están allí, han sido
lanzadas al mundo como los hombres. El ateísmo de Sartre es definitivo.
Escribe Lévy: "Me gusta ese ateísmo de Sartre. Me gusta
esa gloria que es una de las caras de su ateísmo. Me gusta que
ese papa del existencialismo rompa de una forma tan tajante con
los principios de la sacristía." Y si Dios no existe entonces
todo está permitido. Sartre lo sabe por lo que no duda en proclamar
la libertad absoluta de nuestra conciencia. No necesitamos a Dios para
decidir acerca de nuestros propios actos. De hecho la conciencia, el para
sí, como decide llamarla Sartre, es la negación del
ser que es en sí. El hombre crea sus propios valores sin
el auxilio de un ser que se encuentre más allá de su conciencia.
De allí el célebre renglón en La náusea:
"Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad
y muere por casualidad." De allí también que Henri
Lévy, quien afortunadamente nos ahorra las minucias explicativas
de su compatriota, afirme: "¿Las cosas, sin la conciencia,
poseen una materialidad masiva, muda, informe? Es cierto. Pero de todas
maneras poseen una materialidad, mientras que la conciencia, sin las cosas
es un lugar vacío, una nada. Necesita las cosas para existir mientras
que las cosas sólo se necesitan a sí mismas." Proponerse,
aún sin hacerlo explícito, como el guía de una generación
es riesgoso. Tarde o temprano comienzan a reprochar tus acciones, tus
declaraciones, tus contradicciones -naturales en un pensamiento cuya característica
esencial es la movilidad. A muchos lectores de Sartre les pareció
extravagante que en una importante conferencia éste declarara que
a final de cuentas el existencialismo era un humanismo. ¿Por qué
después de haber expulsado al hombre del seno de Dios para hacerlo
ocupar un modesto sitio entre las cosas, se pasaba tan descaradamente
a los dominios de un humanismo ya rebasado? ¿A qué clase
de entidad abstracta aludía un filósofo que había
descrito tan bien en sus obras la absoluta orfandad del hombre? Los reproches
son comprensibles, aunque no sé si del todo justificables. Si los
religiosos más consecuentes son los ateos no veo por qué
razón un pensador que ha dedicado tantas páginas a la libertad
de la conciencia no va a ser un humanista. Además de todo se trata
de un francés. ¿Qué no son los franceses, por antonomasia,
los guardianes históricos de esa aburrida entidad que denominamos
hombre? Además Sartre puede equivocarse, no sólo
porque tiene de su parte a la literatura, sino porque parece importarle
poco la opinión de su sociedad. Qué escritor tan odiado
por sus contemporáneos. Nos hace saber Lévy: "Lo acusaron
de ensuciar Francia y corromper a su juventud. Salía de los restaurantes
cuando entraba él. Lo llamaron víbora lúbrica,
hiena dactilográfica, chacal con bolígrafo, rata viscosa
y cáncer rojo de la nación." Qué risa debieron
causarle a Sartre estos insultos que nos hacen sonrojar si pensamos en
la carga de admiración que suponen. Qué placer parecen causarle
también a Bernard-Henry que transcribe con minuciosidad las injurias
que tanto Malaparte como Céline lanzaron sobre la humanidad del
existencialista. Después de todo no se escribe un libro de seicientas
páginas sobre un hombre que no se admire profundamente. Y no se
admira a una persona si no se desea su desaparición. Casi al finalizar
el libro, el biógrafo filósofo escribe: "Vivimos la
verdad como una aventura, no como una ecuación." ¿No
encarna esta afirmación el perdón a un Sartre aventurero,
generoso, cínico? Dos ejemplos de su cinismo: Cuando se imprime
su libro La crítica de la razón dialéctica,
dedicada a Simone de Beauvoir, le pide a Gallimard que en secreto imprima
algunos ejemplares más dedicados a otra mujer. Segundo ejemplo:
Al volver de su primer viaje a la Unión Soviética no tiene
más que elogios para el régimen comunista. Veinte años
después confiesa que sus declaraciones carecían de verdad:
"Cuando alguien te invita no vas a ponerlo morado en cuanto vuelves
a tu casa." En lo relativo a las mujeres su cinismo se vuelve gracia.
Siempre prefirió estar acompañado de mujeres, hecho que
desde mi punto de vista lo absuelve de otros pecados. Escribe Lévy
casi al comienzo de su libro: "Porque Sartre tiene otras mujeres.
Como es notorio, toda su vida prefirió la compañía
de las mujeres. Siempre dijo que se aburría soberanamente con los
hombres, que esa mitad de la humanidad apenas existía para él
y que prefería hablar con una mujer de cualquier nimiedad que de
filosofía con Aron." Aunque acostumbraba describirle a Simone
de Beauvoir los encuentros amorosos que tenía con cada una de sus
amantes no creo, como asegura Henry Lévy, que ése fuera
su único objetivo. La compañía femenina siempre es
restauradora. Más tratándose de un hombre que se encontraba
en el centro de una batalla intelectual y moral contra su sociedad. Más
para un pensador que debía encarnar en sí la libertad total
de la conciencia. En
cuanto a su relación con el comunismo, las sonrisas se endurecen
y las anécdotas pierden brillo. Nos aproximamos a uno de los temas
a los que nadie desea llegar o, por el contrario, del que casi nadie desea
salir. Comencemos por su Crítica de la razón dialéctica.
A grandes rasgos podríamos decir que es un intento de reconciliación
entre el marxismo y el existencialismo. La objeción más
común a este matrimonio es la siguiente: ¿Cómo es
posible que un grupo de hombres libres se sometan a la voluntad
de la Historia? ¿Qué sentido tiene haberse exiliado del
en sí para caer en la manos de un nuevo Dios? ¿Cómo
se puede justificar el asesinato o el cautiverio de una buena parte de
la sociedad en nombre de su propio bien? En lo personal me parece digamos
sórdido que el escritor de Muertos sin sepultura -uno de
cuyos párrafos cité al principio de este escrito- pudiera
expresarse posteriormente de la manera siguiente: "Un régimen
revolucionario debe librarse de cierto número de individuos que
lo amenazan y no veo otro medio que no sea la muerte. De una cárcel
siempre se puede salir. Los revolucionarios de 1793 probablemente no mataron
bastante." Sartre está de acuerdo en que la historia está
insufada de movimiento, pero que es la acción humana a través
de una conducta dialéctica la que imprime sentido a este movimiento.
No se trata de la dialéctica hegeliana en donde el encuentro entre
contrarios produce un efecto emancipador, sino de un encuentro entre contrarios
que más que tener como consecuencia una síntesis se ensimisma
en un movimiento desordenado. En consecuencia la dialéctica no
deviene progreso ni posee una dirección determinada. Lévy
nos propone una interpretación literaria de la dialéctica
sartreana: "Es una dialéctica sin desenlace, sin resolución.
Es una dialéctica sin avenencia ni síntesis, irremediable.
Es un motor que, literalmente, gira y acaba con la linealidad, y por tanto
el providencialismo, de todas las demás dialécticas."
Conciliar la idea de un hombre libre con la de un hombre alienado, cosificado,
que debe liberarse es imposible si no es a través de un discurso
que en suma no hará sino acentuar la contradicción. Y es
que los filósofos no suelen dar marcha atrás una vez que
se han atrevido a comunicar sus ideas. Asumen como un deber el seguir
sosteniendo sus primeras hipótesis aun a riesgo de contruir sobre
un terreno endeble. Prefieren justificarse que retractarse. Sería
tan decepcionante para ellos comenzar de nuevo. Allí está
Sartre llevando en las espaldas su existencialismo juvenil mientras recorre
los terrenos del determinismo histórico. Pero no siempre es así:
en uno de sus arrebatos líricos afirmó que El ser y la
nada era un libro sin valor. Tampoco continuó desarrollando
su Crítica de la razón dialéctica donde habría
de probar que la historia posee una verdad o una inteligibilidad. Las
ideas como las palabras en que aquellas encarnan se debaten en la ambigüedad.
A veces nos liberan, pero en ocasiones se convierten en la más
inhospita de las cárceles. Y también está la vida.
Jamás es el mismo hombre el que piensa que el que vive. Cito un
curioso párrafo de Lévy a propósito de Althusser:
"¿Quién habría pensado que un sabio, un bloque
vivo de teoría, un antisujeto como él al que creíamos
capaz de fulminar a cualquiera que en su presencia se dejara llevar por
emociones vulgares? ¿Quién habría imaginado que cuando
se preguntaba en qué condiciones filosóficas y políticas
entraría el marxismo-leninismo en el camino seguro de una ciencia,
este hombre que supuestamente despreciaba el psicologismo y, según
creíamos, el amor y sus devociones, podía escribirle a una
mujer: Mi bello amor de ámbar oscuro, mi bello amor de obscura
arena." ¿Es que acaso -me pregunto yo- a excepción
de los santos existe alguien capaz de encontrar coherencia entre sus actos
y sus palabras? Se acusa a Sartre de haber abandonado sus principios para
sumarse al comunismo. Se acusa a Heidegger de haberse sumado al sueño
hitleriano. Bernard-Henri Lévy dedica un extenso espacio de su
libro a probar que el sueño de una hegemonía rascista no
fue precisamente el producto de una situación circunstancial, sino
que representó la naturaleza misma del pensamiento de Heidegger.
Incluso exhuma con pala incansable párrafos de sus libros, de sus
conferencias, interpreta con prejuicio -¿existe otra manera?- ,
erige un tribunal, condena, se pregunta: "¿Es el filósofo,
o el nazi quien define al pueblo alemán como el pueblo metafísico
por excelencia?" Arriesgaría a decir que Lévy acusa
tan duramente a Heidegger para exculpar a Sartre. Las acusaciones a ambos
filósofos no me parecen sensatas. En primer lugar porque creo que
un filósofo debe escribir o pensar con absoluta libertad. En hombres
como Céline o Sartre o Heidegger esa caótica corriente llamada
pensamiento encuentra un modo de manifestarse. Un hombre jamás
es íntegro. Si lo es o dice serlo está mintiendo. Termino esta breve consideración acerca de El siglo de Sartre añadiendo que se trata de una obra honrada. Coloca a Sartre enmedio de nosotros. Nos devuelve un poco de esa humanidad extraviada en el tecnicismo filósofico y en la comprensible renuncia del sujeto. Todos los filósofos o escritores que se relacionaron con Sartre o lo influyeron se dan cita en las páginas del libro. De Bergson a Foucault, de Gide a Camus. Incluso nos encontramos con analogías extravagantes, como esa forzadísima que supone influencias de Joyce en el filósofo francés. Extrañamos algunas necesarias alusiones a Shopenhauer y a Habermas, pero como dice el mismo Lévy acerca de Sartre, no podemos reprocharle lo que no escribió. Por momentos se tiene la sensación de estar leyendo la novela acerca de un hombre que no supo diferenciar entre pensamiento y vida escrita por otro hombre que no distingue el pensamiento de la pasión. Es literatura a propósito de la filosofía. Es el comentario desplegado con la maestría de un heterodoxo. En ocasiones su estilo se corrompe con el delirio de su propia voz. Es una escritura que se desea arte antes que precisión. El siglo de Sartre acusa también una nostalgia por los grandes filósofos, por aquellos que decidieron echarse en la espalda la responsabilidad de pensarlo todo. Hoy, en este mundo saturado de profesores especializados que no se aventuran a dar un paso por sí mismos, bienvenido nuevamente, Sartre. |
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