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Julio se
pasea por el Pont des Arts
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"Nunca
me olvidaré que cuando vine a París en el año '51
me ganaba la vida como speaker de las 'Actualités Françaises',
en español se entiende, hasta que un día llegó
una carta del concesionario de México diciendo que si no dejaban
inmediatamente en la calle a ese speaker ellos se borraban de las Actualidades,
con lo cual perdí mi primera y bastante necesaria fuente de recursos
de ese momento
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Era
una tarde parisina cualquiera. Al menos era una tarde parecida a tantas
otras que ocurren en una novela cuyo título estaba predestinado
a no ser Mandala, aunque eso no afectara a París, ni a Buenos
Aires, ni al Club de la Serpiente en lo más mínimo. En esa
tarde lluviosa, en un lejano capítulo 22 de Rayuela, un
hombre es golpeado por un automóvil. Ese hombre, curiosamente,
es un escritor. Los motivos de un acontecimiento tan común nos
son desconocidos, pero puede añadirse que uno de los espectadores
es ambiguamente latinoamericano, un tal Oliveira. Del accidentado sabemos
únicamente que estaba perplejo luego de su encuentro con el parachoques
y que en su departamento no tenía nada más que libros y
un gato. En el momento de los hechos, otro de los testigos se atrevió
a señalar enfáticamente: "esto le tenía que
pasar, los escritores son distraídos", al mismo tiempo que
hacía un gesto de profundo desinterés
tenemos la leve
sospecha que dicho testigo era francés.
Oliveira,
que gustaba de participar de los eventos más cotidianos y absurdos
del París de su tiempo, se aseguró que al viejo no le había
pasado nada, agregó unas cuantas frases desarticuladas y se fue
andando con rumbo desconocido. Tal vez el accidente, la mirada del viejo
escritor, el frío y la caída de la tarde, lo incitaron a
pensar en sí mismo, en la entrega al otro; a fin de cuentas, en
la inquietante pregunta sobre la "posesión" de uno mismo.
Todo esto aunado a una duda ontológica que nos parece inaccesible,
planteada desde un lugar que podríamos definir como suyo
(algo así como la relación entre el mundo de una novela
y su personaje principal): ¿cómo acceder a lo otro, al otro,
a la verdadera otredad? Oliveira pensó en esa otra mano, una mano
"desde el afuera, desde lo otro" que diera respuesta a la mano
tendida (seguramente la suya) esperando algo.
Al capítulo
22, como casi todos sabemos, no le sigue el capítulo 23 sino el
62. Ese tipo de cosas, en apariencia anormales, ocurren en este libro
cuyo título tampoco fue Almanaque (siendo que, desde un
punto de vista estrictamente técnico, le faltó muy poco
para serlo). Algo pasaba con ese capítulo 62, tenía un delirio
de grandeza fantásticamente desarrollado, a tal punto, que sus
pretensiones desorbitadas lo llevaron a convertirse en libro con el paso
de los años. También, el susodicho capítulo tenía
una cierta inclinación científica. Inclinación, dicho
sea de paso, bastante amateur y por lo mismo sustentada en andamios
muy frágiles, epistemológicamente hablando. Lo que no puede
negársele al capítulo 62 es su premonición a la tendencia
cientificista de la literatura décadas después, algo
que en la época no era muy bien visto y en nuestros días
no sólo es lo contrario sino hasta guarda ciertos tintes de originalidad
poco claros. En definitiva, el capítulo 62 reproduce unas cuantas
notas dispersas de un proyecto de libro de Morelli. El libro verá
la luz (así dicen quienes quieren decir lo mismo que otros dicen
de una manera más clara pero menos sugerente) en 1968 bajo la firma
de un tal Julio Cortázar, con el título 62. Modelo para
armar. En esa obra, a mi juicio, se cumplen una serie de proyecciones
e ideas apenas delineadas en Rayuela.
La ciudad
de Cortázar, la ciudad de sus novelas, se parece a ese lugar pensado
por los "tártaros" de 62. Ese espacio único
en la construcción de la ficción sería algo similar
a lo que tenían en mente los personajes de la novela: "
todos
nosotros estábamos de acuerdo en que cualquier lugar o cualquier
cosa podían vincularse con la ciudad, y así a Juan no le
parecía imposible que de alguna manera lo que acababa de ocurrirle
fuese materia de la ciudad, una de sus irrupciones o sus galerías
de acceso abriéndose esa noche en París como hubiera podido
abrirse en cualquiera de las ciudades adonde lo llevaba su profesión
de intérprete. Por la ciudad habíamos andado todos, siempre
sin quererlo, y de regreso hablábamos de ella, comparábamos
calles y playas a la hora del Cluny. La ciudad podía darse en París,
podía dársele a Tell o a Calac en una cervecería
de Oslo, a alguno de nosotros le había ocurrido pasar de la ciudad
a una cama en Barcelona, a menos que fuera lo contrario. La ciudad no
se explicaba, era". Sería mejor ser más explícitos:
podríamos señalar de manera engañosa que París
es un "protagonista" o un lugar privilegiado de Rayuela,
62 y de una multitud de cuentos y artículos de Cortázar,
hasta llegar a ser el punto de partida de la peculiar travesía
de Los autonautas de la cosmopista. Pero es mejor no dejarse engañar.
O al menos habría que dejarse engañar sin pretender no serlo.
Las obras de Cortázar no nos hablan de París, al menos de
ese lugar tan conocido por las guías turísticas o los mapas
geográficos, sino de otro París.
En ese París, el de Cortázar, viven el caracol Osvaldo y Tell, también están Calac, Polanco y Hélène con esa muñeca dispuesta a convertirse en el asunto del meollo de 62. En ese París se pasea la Maga dispuesta, sin saberlo ni preguntárselo, a encontrarse a Oliveira quien viene de discutir un poco de metafísica y de jazz con Ronald y Etienne. Es un París de tiempo perpetuo, de charlas interesantes, sin límites, sin los sutiles cortapizas de la normalidad.
Por eso,
cuando Cortázar se daba cuenta que un París comenzaba a
parecerse demasiado al otro, tomaba el tren a Buenos Aires para visitar
a la Talita o a Traveler o simplemente expurgaba esas páginas de
la versión definitiva. Así se explica que un texto tan evidente
y revelador como el siguiente no dio el gran salto del "Cuaderno
de Bitácora" de Rayuela a las páginas definitivas
de la novela: "París era en esos días continuamente
envés, revés, reverso, trasfondo, traspaso. Todas las palabras
con trans, y todos los sentidos del encuentro. [
] Inútil
mirar estampas, trabajarse, excitarse; la cosa venía naturalmente
como las ganas de mear o de irse a dormir."
Ese era el
otro París, el de 1950, año del primer viaje de Cortázar
a Francia donde inician una cadena inimaginable de coincidencias. Ese
año, poco antes de la llegada, conoce en el barco a la mujer que
en Rayuela representa la Maga. Su nombre es Edith, era alemana
de padres judíos. La coincidencia propicia un intercambio de miradas,
un cúmulo de suposiciones y tal vez un primer intento de ensoñación.
Cortázar regresa en 1951 a vivir a París, esa misma ciudad
donde, sin preveerlo, se encuentra con Edith en una librería del
boulevard Saint-Germain. La conversación no entra en mayores detalles
y antecede a una despedida sin previsiones ni compromisos. Pero la telaraña
de casualidades y juegos del azar recién comenzaba: tiempo después,
producto de la suerte, Edith y Julio se encuentran en la fila para entrar
a un cine. La película es La pasión de Juana de Arco
de Carl Dreyer. No debe asombrarnos, si tomamos en consideración
los dictados del mundo cortazariano, que en el reparto de la película
se encuentra un tal Antonin Artaud. A la salida, Julio y Edith charlan
un poco y se despiden una vez más. Cuenta la leyenda que no pasaron
muchos días para que volvieran a coincidir en el Jardín
de Luxemburgo, donde iniciaron una larga charla contándose sus
vidas. No se conocen los detalles de la conversación de ese día
aunque se presume que acordaron no darse cita sino encontrarse cuando
el azar los volviera a reunir. Al menos así lo hicieron, en el
otro París, Oliveira y la Maga.
Es extraño
porque ese otro París, el de Juan y Hélène --los
personajes de 62--, se parece un poco al París de Julio
y Edith. Algunas de sus calles y ciertos lugares llevan los mismos nombres:
St. Germain, la Place Maubert, Bastille, République, la estación
de metro Malesherbes, entre muchos otros. Este tipo de coincidencias nos
pueden llevar al error, porque no es de sabios asegurar que si algún
incrédulo se detiene en la esquina de Vaugirard con M. le Prince,
por más esfuerzos y acopios de paciencia que pueda hacer, no verá
jamás a ninguno de "los tártaros" ni a ningún
miembro del Club de la Serpiente.
Tampoco debemos
dejar pasar ese último viaje de "los tártaros".
No falta ninguno, están Calac, Nicole, Hélène, Polanco,
Juan, Tell, Austin, Silvia, el caracol Osvaldo, mi paredro y Feuille Morte.
No hay nadie más en el vagón y el viaje les pertenece. Faltan
unas páginas para el fin de la novela y el grupo va en dirección
de París. ¿Qué París? No estamos seguros.
Tal vez por fin Cortázar se acerca al París de Julio y Edith,
tal vez "los tártaros" podrán acercarse a ese
año '68 en el cual aparece publicada la novela. ¿Qué
están haciendo? Austin intenta encelar a Hélène abrazando
a Celia, objetivo fallido -dicho sea de paso-- porque Hélène
piensa en cuestiones mucho más trascendentes como qué hacer
con la muñeca y qué será de ella con Juan; Juan le
pide disculpas a Tell acariciando su cabello y admite haberse acostado
con otra; Feuille Morte declama bisbis y Nicole se recupera de un malestar
ciertamente ambiguo. Repentinamente, en el transcurso del trayecto a París,
"los tártaros" son obligados a bajar por un controlador
de billetes quien no tolera la presencia de Osvaldo en el tren y mucho
menos que compita por recorrer unos cuantos centímetros en uno
de los asientos del vagón, antes de entrar a la Gare de Montparnasse.
El viaje se suspende. En unas cuantas líneas más la novela
termina. En el colmo de la desesperación una parte del grupo llama
por teléfono a Marrast para que los alcance, el descontrol cunde.
A esta confusa
historia deberíamos añadir lo que dicen quienes han podido
ver el manuscrito de Rayuela (ubicado en la Benson Latin American
Collection de la Universidad de Texas, en Austin). Esos afortunados e
ilustres filólogos afirman que en la última versión
de Cortázar, anterior a la publicación del libro, no aparecía
el capitulo 62 y que dicho capítulo se insertó sólo
hasta la versión final que se fue a la prensa. Esta feliz intromisión
nos produce ligeras sospechas, al menos de una manera soterrada, y nos
hace pensar que algo fuera de lo común ocurrió con la publicación
de Rayuela.
Al menos nosotros sabemos que a la novela 62. Modelo para armar le sigue el capítulo 23 de Rayuela. Así aparece en el "Tablero de dirección" de esta última que establece la lectura de la siguiente manera: " 20-126-21-79-22-62-23-124 ".
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Oliveira de visita en las calles de Rayuela |
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"De
ningún modo admito que esto pueda llamarse una novela"
Anotación de la página 44 de la Bitácora de Rayuela. |
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Oliveira
ha caminado un buen tiempo bajo la lluvia parisina. Sigue pensando en
la suerte del viejo escritor y lo imagina rodeado de visitas amistosas
en el hospital. Luego de haber recorrido algunas líneas del capítulo
23 de Rayuela decide refugiarse de la lluvia en alguna parte. Se
detiene frente a un cartel que anuncia un concierto de piano. Va a la
sala de conciertos y compra un boleto. La idea de evitar un resfrío
escuchando música le parece divertida, al igual que el nombre de
la pianista: Berthe Trépat. Con parsimonia ingresa a la sala y
se da cuenta que los asistentes recién superan la veintena. Se
encoje de hombros. Luego de algunos desatinos y la ejecución errática
de Trépat, el público va optando paulatinamente por la lluvia.
Al final del concierto, Oliveira es el único espectador que queda
y cree conveniente subirse al escenario para gratificar a la extraña
ejecutante. A ambos les cuesta salir del asombro ante la peculiar situación
y él decide invitarla a tomar algo. Pero no son necesarias muchas
cuadras para arrepentirse, Trépat está completamente loca
y es imposible mantener una conversación medianamente coherente
con ella. Oliveira duda si escapar corriendo en la esquina que sigue pero
ella se agarra de su brazo, al final llegan al edificio de la pianista
quien en un ataque de pánico, luego de haber insistido durante
todo el trayecto en que Oliveira la acompañe a su casa, comienza
a gritarle que ha descubierto las intenciones perversas del argentino.
Oliveira intenta tranquilizarla pero las cosas empeoran cada vez más
así que huye despavorido escaleras abajo. Ya en la calle, algunas
cuadras más tarde, sacude la cabeza y piensa en el día desastroso
que está por terminar. Busca un hotel donde dormir, trata de encender
un cigarro cuando "empezaron a fallarle los fósforos uno tras
otro. Era para reírse."
París
estaba poblada de rompecabezas y laberintos, de personajes insólitos
e historias inconexas. Ese París de Rayuela podría
parecer el mismo de Cortázar, o sería cómo aquel
del capítulo del manuscrito que no llegó a editarse: "Gente
como Ronaldo y yo nos vamos dando cuenta que París no ha sido un
encuentro sino la encrucijada sin la esfinge y sin el enigma. Esto es
peor que el camino de Tebas, somos nuestra propia esfinge, hay que plantearse
el enigma para resolverlo después." ¿En quién
pensamos, en Oliveira o Cortázar? En el encuentro de esa encrucijada,
entre la ciudad que habita el escritor argentino y aquella de sus novelas,
aparece un lugar particular cuyas calles y edificios se construyen a partir
de la ficción y la realidad, del deseo y el pasado, la provocación
y la certeza.
Tal vez habría
que alimentar aún más el juego de imágenes, de ciudades
y de espejismos: Sabemos que Julio Cortázar nació en Bruselas
el año en que dio inicio la Primera Guerra Mundial. Su lengua materna
era el francés y dicha casualidad le produjo algunos problemas
para pronunciar el español, dificultad que tuvo consecuencias en
su devenir laboral. El primer ensayo que publicó en 1941 en la
revista argentina Huella se titulaba lacónicamente "Rimbaud".
Luego de obtener el título de Profesor ejerció la profesión
en el interior de la Argentina hasta convencerse que siempre había
estado en las ciudades equivocadas. En 1951 se mudó a París
del cual alguna vez dijo: "París fue un poco mi Camino de
Damasco, la gran sacudida existencial". Argentina y París,
Buenos Aires y Francia. Alguna vez estableció una comparación
que le gusta repetir a Mario Goloboff, uno de sus biógrafos: "De
la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad como la
imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro. En París
nació un hombre para quien los libros deberán culminar en
la realidad."
Su segundo
empleo parisino fue el de repartidor de libros para un librero judío.
Su herramienta de trabajo era una motocicleta tipo Vespa, misma
con la que tendría un grave accidente en 1953. Se ignora si este
acontecimiento produjo algún cambio sustancial en su persona pero
pronto abandonará ese empleo por uno que le consigue su amiga Edith
en los almacenes Printemps. Más adelante viajará
a Italia, contraerá matrimonio con Aurora Bernárdez y publicará
algunos libros que le darán fama y prestigio.
Al final
de ese largo viaje que fue su vida, conoció a Carol Dunlop. Será
su segunda y última mujer. El encuentro, claro está, no
tuvo nada de convencional: A finales de los años 70 da una conferencia
en Canadá. Luego del evento asiste a una pequeña cena invitado
por uno de los profesores canadienses. Una de las asistentes era la ex
mujer del anfitrión, el encuentro con Cortázar fue definitivo
en su vida. Ambos quedan profundamente enamorados: es el año de
1978. Pasan los meses y los días sin que ocurra nada entre ellos.
Cortázar sigue su vida habitual en la capital francesa. Pero un
día, en la víspera de un viaje que lo mantendrá fuera
de París por tres meses, recibe una carta de Dunlop explicándole
que está en París y que quiere verlo. Luego de pensarlo
un poco Cortázar le escribe una carta. Se niega a verla antes de
su viaje porque le incomoda la idea de un reencuentro fugaz que anteceda
una nueva etapa de alejamiento. Deja la carta en un buzón de París
a las cuatro de la tarde y se pone a caminar por el barrio latino, tiene
una cita en el Marais en la noche con un amigo para ir al teatro, cuando
repentinamente, en una "esquina obscura" se encuentra con Carol.
Cortázar gustaba de fantasear con la minúscula posibilidad
de encontrarse casualmente con alguien en una ciudad de 9 millones de
habitantes. Más aún con la persona que amas y no has visto
en mucho tiempo. La misma a la que le has enviado una carta negándote
a verla. Luego de ese encuentro, la pareja no se separará hasta
la muerte de ella el 2 de noviembre de 1982. Carol era treinta y dos años
más joven que Cortázar, nació en 1946.
A Cortázar,
como a casi todo el mundo, le resultaba difícil entender que Carol
hubiese muerto antes que él. Las fechas no mentían: ella
tenía 36 años, él 68. Su vida se fue apagando pausadamente,
conforme fueron pasando los días. Quedaban muy lejos los años
de Banfiel, en la niñez, la lectura de los Ensayos de Montaigne
a los 12 años, la primera lectura de Opio de Cocteau en
la adolescencia, obra que según sus propias palabras cambiará
su vida. Las peleas de box, las clases de Literatura Inglesa en Mendoza,
aquella reseña festejando la aparición del Adán
Buenosayres, la llegada a Francia, la traducción de los cuentos
completos de Edgar Allan Poe, la militancia política, Cuba, Nicaragua.
Quince meses después de la muerte de Carol, pasado el medio día
según cuenta Goloboff, Cortázar fallece en el hospital St.
Lazare en París. Los que lo acompañaban, su primera esposa
y el pintor Luis Tomasillo, juran que su doctor se apellidaba Modigliani.
Pese a los indicios de que sus restos se encuentran en el cementerio de
Montparnasse, todavía la gente se pregunta ¿dónde
se encuentra Cortázar? Hay quienes dicen haberlo visto sobresalir
entre la gente que viajaba de pie en un vagón de un metro parisino,
o incentivando a un caracol al fondo de un bar cerca del Jardín
de Luxemburgo, incluso algunos creen haberlo visto en ese otro
París, la ciudad aquella de sus novelas. Nosotros preferimos ser
más cautelosos, tal vez sea tiempo de aguardar la última
de sus genialidades. |
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