Retrato de un artista en diez lugares
Las tribulaciones de un Colombiano en Francia

Claire Lienart

 

 

 

Version en français

 

Ricardo López, percusionista colombiano de cuarenta y cuatro años de edad, llegó a Francia en 1984. Tras una detención de varios años en Colombia por su adhesión a un movimiento armado de tendencia bolivariana, el M-19, no tenía especial interés en venir a Francia. Lo hubiera dado lo mismo ir a parar a otro país. Sólo le importaba salir de su tierra, que no le ofrecía futuro alguno. Por fin, se casó con una Francesa y construyó su vida en Francia, tocando música en numerosas salas parisinas, entre ellas La Java, el New Morning, La Cava-cava, el Elisée-Montmartre y por supuesto los festivales. Deteniéndose en diez sitios distintos, nos lleva por los caminos que ha venido recorriendo en los últimos diecisiete años de su vida en Francia.

El hogar de Massy-Vewrrières
Es el primer sitio en donde he vivido. Allí se encontraban numerosos recién llegados procedentes de varios países: Africanos, Latinoamericanos, Magrebinos, etcétera. Igual que yo estaban esperando la aceptación de su expediente de refugiados políticos. Sigo encontrando de vez en cuando a algunos de ellos. El tiempo vivido con ellos ha sido muy ilustrativo. Cerca de ellos me di cuenta, que lo que hasta la fecha había constituido mi universo, sólo era una parte minúscula del mundo. Vista desde aquí, Colombia forma parte de un conglomerado de países que no resultan muy importantes. No sabía en aquel entonces que iba a llevar aquí numerosos años, codeándome con personas de distintas nacionalidades y descubriendo mi propia identidad antes de tratar de familiarizarme con la cultura francesa.

El parche (la rustine)
En Colombia, el parche (la rustine) es un lugar de encuentro para los amigos. Lo llaman así porque es un sitio que no se puede abandonar con facilidad y donde la gente suele eternizarse. Nuestro parche se encontraba en la explanada de Beaubourg. Por allí pasaban latinoamericanos de toda índole; ladrones, tíos dispuestos a jugarse hasta la camisa, y antes que nada desarraigados en vías de depauperación. Los familiares celebraban tertulias bebiendo cerveza, Yo no figuraba entre los asiduos pero me quedaba allí un rato al salir del Laboratorio de Lenguas del Centro Pompidou en el que me esforzaba por mejorar mi francés. En este parche descubrí en la práctica una especie de latinoamericanismo que hasta la fecha sí lo había percibido en las teorías bolivarianas de unión latinoamericana y de integración que formaban parte de mi militancia política en Colombia.

Las reuniones políticas
El comienzo, alternaba con los militantes colombianos que seguían reuniéndose en París. Pero me di cuenta rápidamente que si me interesaba dedicarme a la política tenía que regresar a Colombia. Yo no podía al mismo tiempo llevar aquí una vida de refugiado y pegar gritos atrincherado detrás de la barricada de mi seguridad. Además en estas reuniones, los participantes se limitaban con frecuencia a recontar a los muertos. Decían; "Sabes, mataron a Fulano". No, allá en nuestra tierra, la gente no vivía de esta forma. A los militantes, todo esto nos daba asco.

La alcaldía del decimocuarto distrito.
Al final de los años ochenta, los exilados colombianos luchábamos contra la morosidad participando en esta alcaldía en veladas apasionantes. Para los recién llegados que no hablaban francés, los primeros años resultaban durisimos. Ser reducido de modo permanente a la condición de sordomudo es algo violento y muy difícil de compartir. Entre latinoamericanos nos gustaba bromear burlándonos un poco de los Franceses. De nuestras desgracias no se hablaba. Por lo tanto, la fiesta era muy importante para nosotros; nos ayudaba a recobrar la salud, bailando y cantando. Con frecuencia estas reuniones se celebraban en departamentos privados. Me figuro que para los vecinos, eso significaba una pesadilla. Al fin y al cabo, los policías acababan por llamar a la puerta y nos imponían multas. En tal caso, empezábamos a refunfuñar maldiciendo a esta sociedad delatora a medio camino entre cabrones y desgraciados quienes ni siquiera sabían divertirse, Pero hoy veo en estos incidentes un aspecto positivo: la presencia de la autoridad permite resolver los conflictos.

Las barras de los cafés
Ya no voy a estos sitios porque son puras fuentes de situaciones conflictivas, Yo me pregunto siempre quien será el primero en agredirme Será el dueño o el cliente? Entre borrachos, la tensión sube muy rápidamente, inclusive entre extranjeros. Nosotros los Latinos no somos tanto el blanco de los insultos racistas como los Arabes y los Africanos. Por lo tanto nos importa subrayar la diferencia. Con la cabeza que tengo, me toman por un Arabe, y yo termino por llevar como un estandarte el hecho que soy colombiano antes que argelino. Esto se convierte en reflejo. Digo una palabra en español o adopto cualquier actitud que revela mis orígenes. Reconozco que esta forma de portarme, que ni siquiera resulta siempre eficaz, se convierte para mí en sistema de defensa.

Los cuartos de criadas
Antes de llegar a París, conocía la existencia de estos cuartos por los escritos de García Márquez relatando su vida estudiantina en París en los años sesenta. Cuando era corresponsal de El Espectador. Vivir en el espacio tan reducido de nuestros cuartos nos empujaba a salir a la calle, al parche o al restaurante universitario. Yo creo que he construido una ducha en cada uno de los cuartos de empleadas en donde he vivido. Por lo menos fueron una decena. El peor cuarto que he tenido fue en la calle de la Pompe, porque en aquella calle no pasaba nada. Yo me encontraba encima de apartamentos lujosos . Los vecinos fastidiados murmuraban un saludo bajando los ojos cuando nos encontrábamos en las escaleras. Un cuarto de criada en el decimosexto distrito parisino, es algo lamentable.

Chateau-Rouge
Mi primera novia en Francia, Rachid, me llevó a un restaurante senegalés a poca distancia de Chateau Rouge. En un saloncillo con decorado de cachivache, la gente se apiñaba en medio de flujos deliciosos de mafé y de thieboudienne. El Futa-Toro se convirtió en una de mis referencias hasta su clausura el año pasado. Así he descubierto el mercado de Chateau-Rouge, con su carne y su pescado vendidos a precios que desafían toda competencia y con todos los ingredientes necesarios para preparar las comidas de mi tierra: el culantro, la cive, la leche de coca, los plátanos para freír, los frijoles y por supuesto el arroz. Ahora hay otros lugares donde podemos encontrar estos ingredientes: en los supermercados asiáticos de las Avenidas de Choisy o de Belleville e incluso más cerca de mi casa en la calle de Avron.

Mi vecina
Una amiga desde hace mucho tiempo. Nos hemos conocido en el restaurante africano Futa-Toro. Es educadora para los jóvenes de los suburbios y me cuenta las condiciones de vida en estos barrios populares, la historia de estas inmigraciones y el modo de ver de la gente que vive allí. Resulta importante para mi conocer esto, porque en mi condición de extranjero participo en esta historia que no es la mía y en sus diversos aspectos: el colonialismo, el neocolonialismo, la actitud de Francia con relación a los inmigrantes y el resentimiento. Como estoy ubicado en la categoría de los extranjeros, el conocimiento de estas cosas me ayuda a manejar los flujos de odio que circulan entre ambas comunidades.

La Bastille
Odio a la Bastilla: es un barrio donde impera una gran violencia racista. Por la noche, coinciden en esas calles los burgueses lechuguinos y los muchachos de los suburbios. Conclusión : tragos, tensiones etcétera. Es un barrio donde se suele rechazar a los Arabes la entrada en las discotecas. Estos conflictos degeneran con frecuencia. Tengo malos recuerdos de este barrio: allí fui apaleado sin razón alguna y sin la menor advertencia por una pandilla de fascistas. El delito racista de "mala facha", la forma de violencia más estúpida que pueda existir.

El campo
Por intermedio de la familia francesa de mi mujer y también en mis andanzas con ella, he descubierto varias regiones francesas. No que la gente se muestre especialmente acogedora fuera de las grandes ciudades. A veces, los habitantes de estas regiones resultan muy desconfiados, muy callados. Pero al pasear por los pequeños pueblos, uno puede descubrir otros aspectos de la mentalidad francesa: una afición increíble a la buena comida y al gusto Cada familia tiene su forma de preparar el queso y guarda celosamente las recetas de los abuelos. Al fin y al cabo, el internacionalismo es típicamente parisino: conviene salir de vez en cuando de la capital para tomar el pulso de la Francia profunda.