Fuentes y Carpentier en París
Bernardo Bolaños

 

 

 

Version en français


Foto: Rene Palacios

 

España, siglo XVI, rebelión de comuneros contra el absolutismo de Carlos I. Apresados por los soldados del rey y antes de separarse definitivamente, dos enamorados alcanzan a darse cita en París, quinientos años más tarde. "Esperaremos -le dice Celestina a su joven amante--, un día triunfaremos, esperemos el nuevo milenio, te doy cita, lejos de aquí, en otra ciudad... París, fuente de toda sabiduría, un catorce de julio, al morir este milenio, el catorce de julio de 1999, te buscaré, te encontraré, todas las aguas se comunican, sobre las aguas nos encontraremos, por las aguas llegaremos, hay un pasaje de agua del Cantábrico al Sena, del Tíber al Mar Muerto, del Nilo a los golfos del nuevo mundo, te buscaré, te encontraré, sobre un puente, pasaré mi memoria y mi vida a otra mujer, besándola en los labios, mis labios son mi memoria, haz por recordarme, te buscaré". Terra nostra, la novela mayor de Carlos Fuentes, trata de esta relación de amor a través de siglos y civilizaciones, amor que habrá de consumarse en París al final de la historia de la humanidad.

La narración comienza precisamente el día de la cita prometida, en 1999, sobre el Pont des Arts, durante el último de los aniversarios de la Revolución Francesa. En Rayuela, los puentes sobre el Sena son el lugar predilecto para el encuentro de la Maga y Oliveira; también en esta Rayuela apocalíptica y milenarista, donde las aguas del río hierven y una extraña neblina cubre la ciudad. Las cúpulas y la fachada del Sacré-Coeur han amanecido pintadas de negro, el Arco del Triunfo convertido en arena y la torre Eiffel en jardín zoológico. En un simpático golpe profético que anticipa la conocida pirámide, Fuentes escribe que el museo del Louvre se ha transformado en un edificio de invisible cristal. Todas las mujeres de París, incluso las más ancianas, dan a luz en las calles; procesiones o desfiles de flagelantes con gorros frigios sobre la cabeza celebran a un tiempo la toma de la Bastilla, el mayo del 68 o la masacre de San Bartolomé. Casi ochocientas páginas más tarde, la novela concluye también en París con la descripción de la cópula apasionada, terminal, de los dos amantes (Celestina y Polo Febo), los dos últimos sobrevivientes de la humanidad que se fusionan en un delicioso big crunch (lo contrario de un big bang).

En medio de estas dos únicas escenas parisinas, la novela sucede sobretodo en España y en México. Entre sus personajes están aquellos a los que Fuentes considera los primeros grandes de la modernidad europea, Don Quijote y Don Juan. Además, bajo nombres reales o ficticios, aparecen personajes históricos: los nobles más librescos de la historia hispanoamericana, como Juana la loca, Felipe II o Carlota de México (cuyos monólogos anticipan las Noticias del Imperio, de Fernando del Paso). Además, monjes pintores, Hernán Cortés, navegantes "descubridores" del nuevo mundo. Pero ¿por qué no es Toledo, ni Venecia, ni Tenochtitlan, sino París la ciudad que abre y cierra este mega-relato? En el imaginario de Fuentes, París es "la última ciudad", el lugar donde el amor, el arte y el saber triunfan sobre una historia atestada de crímenes y de utopías frustradas. El intelectual mexicano está fascinado por los museos europeos y por las ciudades-museo europeas. Si Fuentes es absolutamente implacable contra España y sus pecados de exterminio, de represión de utopías renacentistas y revoluciones liberales, de ceguera histórica, y es implacable igualmente contra Latinoamérica y sus maleficios interminables, contra el imperialismo norteamericano, contra la nobleza degenerada y la iglesia católica, el gran novelista elige a París como orgullo del mundo occidental. París es el santuario de occidente, incluida Latinoamérica (lejano occidente). No es casual que París sea el centro de exilio (supuestamente amargo) de las leyendas literarias latinoamericanas, de García Márquez, Vicente Huidobro, Julio Cortázar, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, César Vallejo, muchos de ellos convertidos en fugaces personajes de esta novela total, que se lamentan con vino francés de la suerte de sus respectivos países y maldicen a sus respectivos dictadores. Si Cortázar la convierte en ciudad-mito del amor, París es para Fuentes el gran refugio espiritual e intelectual. "París es nuestra meta, allí donde el pensamiento es placer y el placer pensamiento, la capital del tercer tiempo, el escenario de la lucha final, la última ciudad, allí donde el persuasivo demonio inculcó una perversa inteligencia a algunos hombres sabios, París, fuente de toda sabiduría", dice uno de sus personajes. Y Fuentes repite esta ultima y desafortunada frase ("París, fuente de toda sabiduría") en varias ocasiones a lo largo de la novela.

No es una coincidencia que Alejo Carpentier -quien leyera y apreciara Terra nostra-haya publicado tres años más tarde, en 1978, una novela contra todos los lugares comunes de la relación entre el viejo y el nuevo mundo: "Ciudades Luces, faros de la Cultura, ágoras del Saber, cunas de la Civilización (toda cuna acaba oliendo a meado...)", dice Enrique el cubano en La consagración de la primavera. Como en Terra nostra, Carpentier trata en esta novela de sacrificios humanos, pero no los anota en la cuenta del nuevo mundo en forma de prisioneros aztecas, sino que recuerda a las jóvenes vírgenes sacrificadas en primavera en la Rusia pagana. Y sacrificios humanos son también las brigadas internacionales en la guerra civil española. Juana la loca es aquí una prostituta habanera de excéntricos atuendos; Montmartre, fabuloso e inverosímil, es una escenografía para una fiesta de sociedad en el jardín de una millonaria cubana.

Carpentier es antisolemne y describe la historia del siglo XX desde una perspectiva absolutamente doméstica. Como una ironía más a Terra nostra (que se suma a las que hicieran Monsivais, Efraín Huerta y otros), el arquitecto cubano de La consagración de la primavera cambia la narración de Europa a la casa de su tía, en La Habana, con la siguiente advertencia: "por no perderme en un laberinto de siglos y ser devorado por Serpientes Emplumadas, salgo por la Puerta Solar de Tiahuanaco, me brinco milenios de un tranco, y vengo a caer -de fly, como dicen los jugadores de base-ball-en casa de los míos, el día aquel...".

"En París -cuenta el mismo personaje-- empecé, desde luego, a maravillarme ante todo lo maravilloso, yendo de Santo Lugar de la Fe a Santo Lugar de la Revolución, en necesario, justo y ferviente peregrinar. Pero, después de mucho andar de gárgolas medioevales a entablamentos de Mansard, de la Place des Vosges -donde, por cierto, hallaba un no sé qué de arcada cubana, de soportal de Cuernavaca, con algo de tezontle mexicano en el color de la piedra-a la serena grandeza del Domo de los Inválidos, majestuosamente asentado en sus nobles y serenas columnas; después de tumbas ilustres a campanarios de alta jerarquía, empecé, al azar de interminables caminatas, a descubrir lo que, de la ciudad, no se decía en guías ni Baedekers. Y entonces se me fue revelando una ciudad singular, ignorada -o no perceptible para un europeo nutrido de invariadas nociones--, cuyas extravagancias me llenaron de sorpresas."

En esta novela de contenido autobiográfico explícito, Carpentier califica a París como La-Ciudad-de-los-Balcones-Desiertos, de tan numerosos e inútiles; resalta los monstruos arquitectónicos nacidos de los arreglos urbanísticos del Segundo Imperio y se asusta de la existencia de las carnicerías de carne de caballo (que todavía pueden encontrar, en Francia, los curiosos sin escrúpulos culinarios). La descripción de las tertulias de los surrealistas y de las sesiones de jazz en los bares parisinos es deliciosa, cercana e iluminadora.

En La consagración de la primavera, el escritor cubano inventor del término de "realismo mágico" ofrece una visión profundísima de las relaciones entre el viejo y el nuevo mundo, entre el arte europeo y el arte popular latinoamericano, entre los intelectuales criollos y las modas de pensamiento de las metrópolis culturales. Junto con Terra nostra, es una obra magistral de esa generación de latinoamericanos que eligieron ir a vivir a Europa, con el soporte de rentas familiares o becas, con la misión de comprender en nuestro nombre la civilización y la historia que también nos corresponde. Octavio Paz veía como una debilidad de la generación literaria que lo precedió el hecho de que hubiese estado imposibilitada de frecuentar los grandes museos europeos. Hoy, en cambio, los jóvenes clasemedieros mexicanos pueden pagarse el viaje iniciático al viejo continente. Y en medio de un Xavier Villaurrutia añorante de París y de un joven pintor oaxaqueño que, en nuestros días, lo ha visitado tres veces, están esos legendarios exploradores, parisinos-latinoamericanos, como Carpentier, Cortázar o Fuentes.