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La Ritmomaquia,
el juego
París,
siglo XIV. La modesta tienda de un fabricante de tableros de Ritmomaquia,
cerca de la Sorbona, recibe la visita de hombres de la iglesia, nobles
diestros en las argucias de la política, eruditos, magos y maestros
de la universidad. Todos acuden a comprar fichas, tableros y manuales
de Ritmomaquia.
La Ritmomaquia, llamada también "Batalla de los números",
era el juego predilecto del individuo culto durante el Bajo Medievo. Sus
reglas pretendían imitar las leyes del universo y se inspiraban
en la Música Mundana; de ahí el interés que despertaba
en todos los hombres ambiciosos de la época.
La corte francesa
Hacia el
año 1500, Jacques Le Fèvre d'Estaples, maestro en la "batalla
de los números" de la corte francesa y preceptor del heredero
de Francisco I -dinastía Valois-, enseño este juego a su
discípulo. Es muy posible que en esos tiempos las lecciones de
estrategia política y de calculo de conveniencias que recibían
los miembros de la corte francesa tuviesen como material didáctico
los manuales y los tableros de Ritmomaquia.
La de Valois -estirpe que no oculto su predilección por la guerra
y que encargo la confección de autómatas a los mejores mecánicos
de Europa- estuvo entre las grandes familias de occidentes fascinadas
con la "Batalla de los números". Veamos su curriculum:
Carlos V de Valois encargo la construcción de la enigmática
"nave de Carlos", autómata en forma de barco concebido
por matemáticos y relojeros para indicar las horas del día
y emitir música.
También se debe a dicha estirpe la guerra de los cien años
y la ejecución de Juana de Arco por los ingleses en tiempos de
Carlos VII. En El príncipe, Maquiavelo comenta las invasiones francesas
de Italia y el temor que causaban los Valois -cuyo rey era entonces Luis
XII- entre los monarcas italianos.
La permanencia de los Valois en el trono de Francia estaba supeditada
al dominio de las reglas de la política, y ésta a su vez,
se aprendía con los maestros del juego que aquí se refiere.
Imaginar una situación de riesgo con una salida inteligente y matemática
implicaba imaginar las condiciones de juego de la Ritmomaquia.
Los hombres célebres
La lista
de celebridades vinculadas a la práctica de este pasatiempo es
numerosa. Gerberto de Aurillac, Guido de Arezzo, inventor del solfeo y
de los nombres de las notas musicales
Todos ellos fueron conocedores
de la Música Mundana y diestros jugadores de la también
llamada "Mensa Phytagorica". Existen pruebas de que conocieron
este juego Hermannus (1013-1054), célebre pensador medieval cuya
deformidad hizo que lo apodasen "Contractus"; Nicolaus Horem,
obispo de Lisieux en 1377 y Thomas Bradwarin, obispo de Canterbury y uno
de los más importantes matemáticos del siglo XIV, a quien
se debe una teoría del movimiento que provoco una revolución
en la física de entonces.
Esta practica tuvo a su vez repercusiones en la obra teórica de
algunos personajes. En su Tractatus proportionum, Bradwarin refuta los
principio aristotélicos que afirman que la velocidad de un objeto
es equivalente a su fuerza dividida por la resistencia del medio. Postula
que la razón fuerza/resistencia no es multiplicada por n, sino
elevada a la potencia n, para producir una fuerza n veces mayor. Esta
brillante teoría -que consigue explicar la ausencia de movimiento
cuando la resistencia es ligeramente superior a la fuerza motriz- se inspira
en las reglas de Ritmomaquia.
En ciertas jugadas de la "Batalla de los números", el
valor de las figuras se incrementa a la potencia según la configuración
que adopten las fichas sobre el tablero.
La ciencia
La ciencia
que estuvo vinculada a la magia y a los esfuerzos por dominar y entender
las fuerzas cósmicas, alcanzo a través de la Ritmomaquia
mayor libertad. En el juego encontró la posibilidad de desarrollar
su propio lenguaje, libre de las imposiciones de la religión o
de la sujeción a la búsqueda de una verdad ultima acerca
del universo.
Puesto que la ciencia siempre ha necesitado algún tipo de forma
lúdica que parodie su discurso, que imite su lenguaje y que a su
vez cree modelos que le sirvan de inspiración y referencia, recurrió
a la Ritmomaquia para que cumpliese estas funciones y adiestrase en el
arte del cálculo a los hombres que más influyeron en la
historia desde los ámbitos de la política, la religión
o el saber.
Esta conveniencia de los numeros con el nihilismo implicito en el acto
cotidiano de matar el aburrimiento ante un tablero de juego hizo que el
refinamiento y la sofisticación del calculo tuviesen aplicaciones
más y más banales. La Música Mundana cumple aquí
otra función: fue un arma para desafiar la angustia de quien no
sabe qué hacer consigo mismo.
Las reglas
La Ritmomaquia
era practicada sobre un tablero rectangular cuyos lados menores estaban
divididos en ocho casillas y los mayores en dieciséis. Consistía,
en esencia, en un ejercicio de permutaciones, una traducción lúdica
de las leyes del universo.
Las fichas se distinguían por sus estructuras geométricas
(triángulos, cuadrados, círculos y pirámides) y poseían
un valor numérico y musical. Eran situadas sobre el tablero en
dependencia de las relaciones matemáticas que se establecían
entre las cifras a las que estaban asociadas.
De modo que podían incrementar su importancia numérica según
la disposición que tuviesen entre sí por ejemplo, si una
ficha de pequeño valor es multiplicada por el numero de casillas
que la separa de otra mayor, iguala el valor de la cifra asociada con
ésta y puede eliminarla.
En otras variantes del juego las piezas deben ser dispuestas, para alcanzar
la victoria, según alguna de las tres series numéricas que
tenían entonces mas importancia: la aritmética, la geométrica
y la armónica. En ciertas oportunidades las relaciones numéricas
que guardaban las fichas durante el juego obedecían a las leyes
del calculo de potencia. Por ejemplo las piezas de unos jugadores ocupaban
cuatro filas. La segunda fila estaba compuesta por piezas cuyos números
constituían la potencia dos de la primera hilera. (En ésta
las cifras eran, 2, 4, 6 y 8; en la segunda 4, 16, 36, 64.)
Más que de una lucha entre dos contrincantes, se trataba del intento
de los bandos por construir, mediante de la disposición de las
fichas, una figura en la que el numero obtenido con la suma de las fichas
de que estaba compuesta, superase en magnitud a la del enemigo. La Ritmomaquia
exigía, para ser dominada en profundidad, arduos estudios de geometría
y numerología. Por ello, revela el estado de la ciencia del calculo
en los siglos en que tuvo su máxima difusión y constituye
una referencia útil para saber que figuras de la ciencia, la política
o la religión recibieron alguna instrucción matemática
o quienes fueron expertos calculistas.
NOTA: Radamés
Molina es autor del libro "La idea del cosmos", editorial Paidos,
Buenos Aires, Argentina.
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